la tribuna

Ignacio F. Garmendia

El mundo de ayer

TODO ha ido demasiado deprisa para casi todo el mundo, pero quienes nacimos con la década de los setenta hemos vivido el cambio de paradigma -de la cultura impresa a la cultura digital- desde una posición de perplejidad, asombro o extrañeza que no difiere demasiado de la experimentada por los atribulados integrantes de las generaciones anteriores. Es cierto que entre estos últimos no faltan los que adelantaron o celebran la era de las tecnologías y, de hecho, buena parte de los gurús o predicadores de los nuevos soportes son veteranos profesionales que hace tiempo apostaron por las posibilidades de los formatos avanzados, ciertamente inimaginables hace apenas unos años. Pero en general somos, por así decirlo, los más jóvenes de los viejos.

Cuando entramos en la Facultad, las computadoras, como se las sigue llamando en América, eran objeto de un debate entrañable cuyos términos no hacían presagiar la revolución en marcha. Se hablaba de la deshumanización de la técnica o de la improbable rebelión de las máquinas o de los robots que nos harían la colada. Ya entonces se oía que la informática era el futuro, pero de un modo vago que no hacía pensar en algo que afectara, salvo si uno se preparaba para cosmonauta, a las rutinas de la vida corriente. En cualquier caso, aquellas discusiones más o menos desinformadas -supongo que los de ciencias no eran tan lerdos- remitían a un mundo puramente imaginario. Seguíamos entregando los trabajos a mano y todavía coleccionábamos apuntes, fichas, postales o cartas. Nos manchábamos los dedos con el papel de calco -cuyo nombre se conserva en el CC de los correos electrónicos, iniciales de carbon copy- o las cintas de las máquinas de escribir, que tenían siempre una tecla atorada.

Tal vez muchas de las novedades llegaron antes de lo que yo recuerdo, pero algunos tardamos en sumarnos a la corriente de los tiempos. Había los pioneros, a los que mirábamos con desconfianza o abierto recelo, apegados como estábamos a un orden de cosas que en lo fundamental apenas había cambiado desde la invención de la imprenta. En pocos años, sin embargo, todos teníamos ordenadores y ya no podíamos vivir sin internet. El resto es conocido: la creciente sofisticación de los dispositivos ha puesto fecha de caducidad al ejercicio de algunas profesiones o alterado sustancialmente el modo como serán ejercidas, cuestionando en ocasiones su existencia misma. Los afectados más optimistas creen que la cultura impresa convivirá con la digital, temporalmente o para siempre, pero al margen de cómo vaya a desarrollarse este proceso en el futuro inmediato cabría pedirles a los entusiastas de la pantalla que no traten de reeducarnos a la fuerza. En esto como en otras cosas, se hace necesario reivindicar el derecho a ser reaccionarios.

Son evidentes los beneficios que ha conllevado esta revolución, por lo que al menos en teoría no hay espacio para la nostalgia. Pero quienes no sentimos un especial apego por el nuevo orden, aunque no tengamos más remedio que adaptarnos, seguimos observando con desagrado a esos filoneístas fanáticos que han decretado la muerte del antiguo régimen y parecen tener demasiada prisa por instaurar el nuevo. Porque no todo son ventajas o puede que tengamos que revisar algunas de las que pasan por tales: la carta libre para las incursiones piráticas o la azarosa promiscuidad del entorno digital, por ejemplo, o bien, y peor aún, la posibilidad, que casi conlleva la obligación, de estar siempre localizado, peligrosa antesala de una forma de control omnímodo que no permite augurar nada bueno.

Semanas atrás leía que para un alto ejecutivo de las comunicaciones el futuro pasa por lograr que "todos los seres humanos sean alcanzables en una manera bidireccional", no sé si soy el único en percibir un fondo amenazador en esa estúpida y asilvestrada forma de expresarse. Todos nos servimos de la tecnología y no se trata de caer en el ludismo, a la manera de aquellos obreros decimonónicos que se rebelaron -Byron fue el único lord de la cámara que se opuso al castigo- contra el uso de las máquinas, pero tampoco nos vamos a dejar conducir como borregos y menos con argumentos tan pobres. No queremos ser tan alcanzables, oiga. Frente a los engolados tecnócratas y su jerga de baratillo muchos podemos llegar a pensar que el mundo de ayer era no mejor, pero sí más discreto y acaso más confortable.

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