La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Los nadie de San Juan de la Palma

Misterios de amor y devoción sin los que la Semana Santa sería solo vanidad o espectáculo

Cuántos hermanos y devotos no conocidos por nadie, como mucho una cara no unida a un nombre que suena por verla noviembre tras noviembre y Domingo de Ramos tras Domingo de Ramos por San Juan de la Palma, pasarán desde hoy al próximo miércoles ante la Amargura. Cuántas memorias y amores depositarán estos hermanos y devotos desconocidos en el beso que den a la Virgen cuyo retrato llevan en la cartera y preside su casa al igual que presidió el hogar ya perdido en el que le enseñaron a quererla.

Nadie supo quien era María Mejorada ni por qué quería tanto a la Amargura sin tan siquiera ser hermana, por qué la veía cada Domingo de Ramos entre la bulla sin que tras ningún antifaz hubiera ojos que la reconocieran, por qué tenía sobre la cabecera de su cama -en un modesto piso de un barrio lejano de Sevilla- un antiguo díptico con el Señor del Silencio con las manos amarradas delante y la Amargura aún no Coronada.

Nadie supo por qué aquel comercio estaba presidido por la fotografía-cartel oficial de la coronación -esa que hoy sobrevive en Casa Román- impresa en Huecograbado Fournier, en cuyo pie se escribía: "Nuestra Señora de la Amargura. Coronada canónicamente el 21 de noviembre de 1954, Año Santo Mariano y centenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción".

Nadie supo por qué aquella mujer entró en los años 50 en la tienda de discos y electrodomésticos Philips Ultra Radio para comprar el disco Alhambra con portada dibujada por Penagos que traía por una cara Amarguras y por otra Soleá dame la mano interpretadas por la Banda de Música de la 1ª Brigada de las Tropas Sanitarias de la Cruz Roja Española; ni por qué envió después ese disco a otra ciudad; ni cómo se oía allí Amarguras en las cuaresmas de la distancia, ni por qué en una mesita de noche de aquella casa había una fotografía de la Amargura.

Nadie supo por qué aquel chaval vestido con todas sus blancas galas de cani -eran los 90- que a nadie conocía allí estaba en la fila de recibimiento de los nuevos hermanos, entre tantas chaquetas azules, para que le impusieran la medalla de la Hermandad en la que por propia voluntad se había apuntado sin que nadie le llevara. O más bien sin que le hubiera llevado nadie que no fuera el Señor o la Virgen. Misterios de amor y devoción sin los que la Semana Santa sería sólo vanidad o espectáculo.

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