La ciudad y los días

carlos / colón

El naranjo del azulejo

COMO el herido pero perseverante naranjo que monta guardia de azahares a la derecha de tu azulejo quisiera vivir y morir, Señor del Gran Poder. Se le va la vida al pobre árbol, hoja a hoja, rama a rama. Del tronco torcido nacen el muñón de una rama cortada, dos ramas muertas y tres que se esfuerzan por llevar la savia a través de su cuerpo atormentado y deforme para dar vida a las hojas de un exhausto verde oscuro y a las naranjas, en el más pleno sentido de la palabra, amargas. Son estas hojas y estas naranjas tan dificultosamente crecidas la oración de un moribundo que le pide al Señor vivir hasta la primavera para ofrecerle sus últimos azahares.

Reza el naranjo en estos días fríos y en estas noches desabridas de Quinario -cuando llaman al Señor espada, escudo, vara de virtud, báculo, arca, columna precio, sello y llave, pero también árbol- la misma breve oración que rezan los ojos de los devotos cuando, aclamado por los pájaros salmistas, el Gran Poder se da la vuelta ante su Basílica para entrar sin que su pueblo le pierda la cara: "Hasta el año que viene si tú quieres. Salud, Señor, para volver a verte". La primavera pasada, cuando cayeron al suelo los últimos azahares que con tanto esfuerzo el naranjo había ofrendado al azulejo en las mañanas transparentes, las tardes doradas y las noches claras de marzo, pidió salud para volver hacerle sus pequeñas ofrendas blancas. Aguantó el durísimo verano. Soporta los fríos del invierno. Y allí sigue, concentrando la vida que le queda en sus pocas ramas, esperando que una mano compasiva recoja las naranjas para que pueda brotar el azahar en los días de luz nazarena. Aprendamos de él. En San Lorenzo hasta los árboles dan lecciones de vida y de fe.

En el fondo, si sabemos escoger la parte mejor, nuestro corazón monta siempre guardia ante el altar del Señor como el moribundo naranjo ante el azulejo. Suframos o gocemos, sea nuestra vida recta o nuestros errores la deformen como al tronco atormentado, en la claridad de la mañana o en la oscuridad de las madrugadas insomnes que estrujan el corazón como sudarios -"sea la Madrugada el sudario / y Sevilla el Sagrario / de Jesús del Gran Poder", cantaban los saeteros-, estemos donde estemos y como estemos, nuestro corazón está en San Lorenzo. Y si alguna vez no encontráis allí el mío es porque se ha ido al Arco pasándose antes por San Juan de la Palma.

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