Por si acaso

pablo / gutiérrez-alviz

Por narices

CUANDO los niños son pequeños suelen meterse el dedo en la nariz y luego, a veces, se lo llevan a la boca. Con los años y la educación de sus padres se consigue con relativo éxito que dejen de tocarse las narices y también de tocar las narices de sus mayores. Los profesores pueden dotarles de algo de sentido común y hasta llegan a convencer a muchos alumnos para que no se chupen el dedo porque denota cierto grado de imbecilidad. En todo caso, cualquier persona mayor de edad conoce (aunque lo prefiera ignorar) las consecuencias de la omisión, es decir, por dejar de hacer lo debido: la responsabilidad por la falta de vigilancia o por la omisión de socorro a algún accidentado o por haber elegido mal a un ejecutivo. No deseo asomar mi nariz de jurista calificando estas culpas con pedantes latinajos.

En la vida política, la omisión del gobernante entraña una gravedad extrema porque afecta a todos los ciudadanos. En 1996, Felipe González, que fue un gran presidente del Gobierno, perdió las elecciones por su pasividad ante el obvio estado de corrupción de su entorno más inmediato. Al parecer, nunca quiso meter la nariz en este asunto. Rajoy lleva desde 1996 siendo, de manera sucesiva, ministro de varias carteras (entre ellas Interior y Presidencia), vicepresidente, líder de la oposición y presidente del Gobierno (que no ha sido malo) y nos quiere hacer creer que, con toda su información, los escándalos del PP le han estallado en sus narices por sorpresa, que nunca le había dado en la napia el tufo a mangoneo de sus correligionarios. Me temo que Rajoy se volverá a presentar por narices.

Los votantes hemos tenido mucha culpa omitiendo nuestro deber de implicarnos con la democracia. Mientras, los partidos dominantes (incluidos los nacionalistas), que nos engañaban, no veían más allá de sus narices y se iban alternando en el poder con cuotas territoriales y financieras para satisfacción de sus simpatizantes y de fulleras empresas contratistas. Buena parte del electorado está hasta las narices de tanta corrupción (Eres y, también, Tramas).

El peligro de esta gravísima crisis institucional radica en la aparición del populismo y de su mesías, el infame Iglesias. Este visionario, amigo de terroristas, cree que el pueblo todavía se chupa el dedo. Olvida que mucha gente votará en las próximas elecciones tapándose la nariz. Para que Podemos se coma los mocos.

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