Por Derecho

Martín Serrano

Una noche en casablanca

Oel parto de los montes. Así, con este doble título, podría haber bautizado la obra un autor de sainetes. Como recuerda Samaniego, remedando a Esopo y Horacio, después que con bramidos espantosos, /infundieron pavor a los mortales, / estos montes, que al mundo estremecieron, / un ratoncillo fue lo que parieron. Lo narraba Juan Parejo en estas páginas, hace ahora un par de semanas. El mínimo ratón de unos retoques cosméticos a la jornada y, es de suponer, una dosis extra de buena voluntad, servían para conjurar el fantasma del caos que nos amenazaba, saliendo (¿de nuevo en falso?) del enquistado laberinto en que se ha convertido la Madrugada. Quedaban atrás horas de estudio, montañas de papeles y meses de angustiosa negociación a varias bandas, más compleja y sin salida que los intentos de Pedro Sánchez por auparse a la presidencia del Gobierno de la nación. Todo ello rodeado de algún episodio notable como el que convocó a relativo gentío en la "angostura" de San Roque.

Por lo que tiene de sintomático, el asunto merece este comentario introductorio por derecho, que se inicia in medias res. Al fin y al cabo hablamos de la augusta Madrugada, culminación y síntesis de la semana pasional, que decía el clásico, el espejo en el que tantos se miran. Dejándose llevar por lo mucho que se ha escrito y hablado sobre ello, uno piensa que no han faltado ideas, sino decisión, quizá en la conciencia de que ninguna solución resultaría real sin el compromiso de todos. Se ha perdido, en todo caso, la ocasión única de actuar con altura de miras y se deja al próximo Consejo un problema envenenado, porque, si finalmente la contienda se plantea como parece que se va a plantear, el que venga lo va a tener difícil, poco menos que imposible. Una pena. O no tanto. Al final, como siempre sucedió, el arreglo vendrá de quienes pueden procurarlo: el Provisor y el Asistente; de quienes ahora hacen sus veces, vamos. Qué duda cabe que les va mucho en ello, a uno y a otro. Si no, al tiempo.

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