por montera

Mariló Montero

La otra noche

LA otra noche pasó algo que mantuvo en vilo a muchísima gente. Algo que nos hizo trasnochar, estar pendientes, cambiar hábitos. Fue a principios de semana, si no recuerdo mal. En las horas previas, salías a la calle y era el tema de muchas conversaciones. Todos opinaban, había quien mostraba ansiedad y no podía esperar más, otros afirmaban que deseaban ver el hecho en directo, otros tantos le temían…

Me refiero, naturalmente, a lo de la noche del martes al miércoles: el paso muy cerca de la Tierra de un asteroide que casi nos rozó. ¿Sí? ¿Lo recuerda? Ah, ya. Usted pensó que esta columna iba sobre el debate entre dos de los candidatos a presidente de Gobierno. Podría haber sido así. Pero ya abundan columnas de firmas expertas en explicarnos qué ocurrió, qué se dijeron, qué callaron, y, sobre todo, qué regusto nos dejó ese par de horas robadas al sueño para asistir al combate dialéctico de dos señores con barba. Ya sabe, aquello que hacían muchos, que no sabían si la ópera que acababan de ver les había gustado o no hasta leer la crítica en la prensa.

Pero ya le decía, lo que hoy quería contarle es lo del asteroide. Un trozo de roca del tamaño del Empire State que zurce el espacio, y acontece que en mitad de esa hilada interplanetaria el pespunte se le escapa al cosmos y aparecemos usted y yo y nuestro querido planeta en mitad de la tela universal. Ocurrió la noche del martes al miércoles; ya era miércoles, de hecho. Los comentarios previos se cobijaban bajo la confianza en que los señores científicos que calcularon la trayectoria lo hicieron correctamente. Aseguraron que estábamos fuera de peligro. Pero le seré sincera; la tarde del martes me asaltó la inquietud: ¿Y si el señor que hizo el cálculo se equivocó? ¿Y si tenía la cabeza en otra parte, no sé, en el debate entre Rajoy y Rubalcaba, por ejemplo?

La idea del fin del mundo parece agazapada en nuestros genes, como si el humano de la cueva siguiera escondido, asustado, en las entretelas de nuestro ADN. Me consoló recordar la chirigota del Selu de Cádiz: el fin del mundo que no sea por la mañana, que tengo que ir a recoger un papel.

Transcurrió la noche del asteroide, con algún desvelo, lo admito. Pero al día siguiente, ahí estaba la mañana fría de noviembre, y el otoño y sus regalos, como un mundo que acabara de reiniciarse, toda una invitación a respirar hondo, a tocar las cosas como si fuesen nuevas, a vivir a manos llenas. Dicen que no volverá a pasar un asteroide tan grande y tan cercano hasta el 2028. Pero no sea incauto, no se tranquilice tan rápido. En los 17 años que quedan, quizá sí se produzcan más debates electorales.

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