La ciudad y los días

carlos / colón

Ni noticia ni polémica

SE ha escrito y hablado estos días de la instrucción vaticana sobre el trato a los restos humanos con tan poco fundamento y tanto desconocimiento que no viene mal, ya que hoy es la Conmemoración de los Fieles Difuntos, hacer alguna aclaración. La primera, por obvia que sea, es que solo afecta a los católicos. Ateos, agnósticos, panteístas, nihilistas o paganos pueden hacer lo que deseen. Hasta convertir los restos en abalorios como en algunos casos se está haciendo en un regreso a costumbres tribales o nazis (el nazismo culminó la tendencia nihilista de profanar los restos convirtiendo los cráneos de los judíos en ceniceros o las pieles en pantallas de lámparas). Y hay que añadir otra obviedad: nada nuevo se dice en la instrucción. Pero el generalizado desconocimiento religioso que se da incluso entre los creyentes obliga a insistir sobre lo que debería saberse.

Ayer y hoy los cristianos celebramos dos de los más hermosos misterios de nuestra fe: la comunión de los santos entre los vivos y los muertos unidos en la única familia de Dios, que la tradición cristiana ha custodiado desde su origen. Que vivos y fallecidos estamos unidos ante Dios y que los restos humanos son dignos del mayor respeto lo sabían por catequesis o tradición hasta los cristianos más sencillos. Y esto no es abstracta teología, sino concreta palabra de Jesús Nazareno: "En cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje sobre la zarza ardiente, cómo Dios le habló, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es Dios de muertos, sino de vivos".

¿A qué extrañarse porque la Iglesia confirme "su fe en la resurrección de la carne" y "la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia", y no permita "actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte"? Es lógico, dada la disolución de la tradición cristiana en nuevos ritos pagano-consumistas y la generalizada incultura religiosa, que, "para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista", se recuerde que no se permite la dispersión de las cenizas o su conversión en recuerdos o piezas de joyería. Los cristianos deberían saberlo y a quienes no lo son no les afecta. Entonces, ¿a qué viene la polémica? Es propio de los tiempos imbéciles descubrir Mediterráneos y sorprenderse ante lo obvio.

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