La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La novelería que nos protege

La lluvia es lo que nos queda de la vieja y añorada normalidad, de la que no se habla en ningún parlamento, pero sí en la calle

Lluvia en Sevilla. Lluvia en Sevilla.

Lluvia en Sevilla.

No llovía en la ciudad desde la semana del 11 de mayo. Ayer cayeron cuatro gotas y el personal parecía que estaba en alerta por la llegada de un tsunami. Somos noveleros como un niño ante un regalo envuelto. En las Cinco Llagas debatían los parlamentarios. Al menos no se han tirado de momento los trastos a la cabeza como en la Carrera de San Jerónimo, donde es evidente que el lenguaje de trazo grueso se ha convertido en el colesterol del parlamentarismo. Pero la gente no hablaba ni de unos ni de otros, sino de la lluvia. No hacía falta ningún CIS ni ningún observatorio andaluz para comprobar que el primer motivo de conversación era el agua. Tal vez sea mejor contemplar esa lluvia que nos acelera, nos excita y muestra nuestra parte más elemental y primitiva, que ver unos telediarios que de pronto vuelven a encadenar reportajes como en 2007: negocios cerrados, dramas personales, cábalas sobre despidos masivos, empresarios que se reconvierten a la desesperada... Nuestra novelería es una vía de escape. Nos permite llenar los peligrosos silencios de estos días condicionados por la incertidumbre. Qué bueno que llueva.

Al papa Juan Pablo II le encantaba la lluvia sobre el Vaticano. Mientras unos meditan si encerrarnos, aplicarnos el toque de queda o soluciones intermedias, la ciudad se moja. Hay cosas que no cambian. La naturaleza siempre se impone. Hablamos de la lluvia con alegría. En el Parlamento de Andalucía nadie dijo nada de ella. Y acaso la lluvia sea lo que nos queda de la vieja y añorada normalidad, cuando disfrutábamos de la certidumbre del estado del bienestar. Podrán encerrarnos de nuevo y agobiarnos con la matraca de los informativos, pero la realidad es una calle con la actividad al ralentí sobre la que cae el agua con parsimonia, unos escaparates mudos huérfanos de miradas, un cerrado hasta nuevo aviso.

Quizás ahora valoramos más aquello que dábamos por hecho, que nos era dado sin necesidad de pedirlo, ni mucho menos defenderlo. Hablemos de la lluvia, dejemos que nos abrillante como a los adoquines. No sabemos nada del mañana. ¡Que se nos va la pascua, moza! Nos han privado de muchas cosas, pero la lluvia no depende de ningún gobierno, de ningún debate, de ninguna moción de censura. No existe toque de queda para ella, tan rebelde y libérrima. Cae el agua y todos nos confinamos sin necesidad de medidas extraordinarias. Y comentamos el agua una y otra vez. Porque tal vez sea lo mejor que nos ha pasado en meses. Apreciamos como nunca aquello que ha ocurrido siempre, aunque sólo se trate de la lluvia.

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