Cuchillo sin filo

francisco Correal

í nsula barataria

EN el quinto aniversario de la inauguración de los Juegos de Pekín, mi hijo Paco ha descubierto el lanzamiento de jabalina en la playa de Punta del Moral. Es un jabato y yo, con aliento de Sisa, le pido al Capitán Trueno que haga que gane el bueno. Muchos 55 días en Pekín después, recordando aquella tarde en que Ava Gardner se me escapó viva de la puerta del hotel Alfonso XIII, estoy en una ciudad como Ayamonte que podría albergar perfectamente unos Juegos Olímpicos. Cuenta con tres estadios: el Blas Infante, donde juega el Canela, y que lleva el nombre de quien fue notario al otro lado del espigón, en Isla Cristina, pasada la frontera de piedra donde alguien dejó escrito ¡Buenas olas, David!; el estadio Ciudad de Ayamonte donde disputa sus partidos el equipo local; y el edificio Estadio, cerca del cuartel de la Guardia Civil y de la estación de autobuses, que conserva la taquilla de lo que fue antiguo coliseo balompédico.

Pero el principal deporte de Ayamonte es la pintura. Hay tantos pintores en esta villa que al más universal de nuestros artistas le dedican una calle con el nombre de Pintor Pablo Picasso, dando a entender que es uno de tantos. Esta frontera es un cuadro en continuo movimiento. Desde las Lagunas de Ruidera el Guadiana guarda los sueños insulares de Sancho Panza. Es hermoso atravesar sus aguas en el barquito que va hasta Vila-Real; menos lírico y más épico el trayecto a través del puente transfronterizo que inauguró el ministro Borrell.

Hay a uno y otro lados del Guadiana sendos signos de decadencia: cerrados a cal y canto el hotel Marqués de Ayamonte y el hotel Guadiana de Vila-Real. El primero era un hotel familiar, más señorial el segundo, que mandó construir un tal Manuel Ramírez, fabricante de conservas, que eso en estos pagos es como decir la Ford o la Volkswagen. Cuando Joaquín Sorolla viene a Ayamonte a inmortalizar a los pescadores del atún en un cuadro de 1919 que está en Nueva York es acogido por un fabricante ayamontino de conservas y allí desarrolla su aprendizaje el pintor local Rafael Aguilera, el padre de Florencio, el abuelo de Chencho.

Un hijo de Fidel Castro, Álex Castro, participa con sus fotografías en un encuentro cultural de tres localidades bañadas por el Guadiana: Ayamonte, Vila-Real y Castro Marim. Tan sonoro vástago no ha tenido nada que ver con una invasión en la zona. Una invasión de mosquitos que ha producido una desbandada de turistas en la zona de Alcantarinha a Albufeira, Biarritz algarvense.

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