Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Un ocaso tan artificial como anticipado

CADA verano y con la ausencia de competición, hay algún tema que se sobredimensiona de tal manera que raro es el día que no ocupa grandes espacios informativos. Y este verano, tras el gran suceso ocurrido en Brasil durante un mes, el relevo lo ha tomado la crucifixión de Íker Casillas. Una crucifixión que yo veo no sólo anticipada sino injusta, pues se trata de un caso en el que vuelve a darse lo del huevo y la gallina, qué es lo que fue antes.

Casillas no estuvo bien en el Mundial y hasta lo culpan del gol encajado en Lisboa ante Godín. Correcto, no acertó ni en Brasil ni en Portugal, pero convendría analizar cómo se gestó este deterioro, por qué se llegó a este estado de cosas por el que el mejor portero del mundo llegó a ese ocaso que le pregonan. Y ahí aparece la sombra macabra de Mourinho como gestor principalísimo, creo que único también, del anticipado derrumbamiento de un portero colosal.

Relevado de la portería del Madrid y hasta humillado por el ególatra entrenador luso, Casillas se encontró también con un técnico que no sólo no desautorizó a su antecesor sino que le dejó fuera del grueso de la temporada. El grueso de la temporada son los treintaiocho partidos de Liga, esos partidos que Íker vio desde el banquillo y no desde donde se cimenta la autoconfianza y la puesta a punto, esa parcela que se llama área chica y que está bajo la vertical del larguero.

Y pasa que en fútbol no se recuerda un acoso tan furibundo a una estrella del brillo del que fue considerado durante años mejor portero del mundo. Un portero que ha rayado en lo milagroso para darle a su equipo puntos que parecían imposibles nunca padeció un tiroteo como el que está sufriendo en este verano. Un verano, no se olvide, que empezó hace un par de inviernos, justamente cuando Mourinho prefirió al hoy bético Adán en una decisión que aún no se comprende.

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