La ciudad y los días

carlos / colón

El ocaso de los callos

AYER otra vez 32º. Vaya por Dios. Pero dicen que mañana serán 30º y pasado, 28º; y que entre el miércoles y el viernes no pasaremos de 26º e incluso que lloverá. ¿Se acuerdan cuando les dije, a mediados de septiembre, que hasta Santa Teresa no dejaríamos de estar pegajosos? Y eso si no se torcían las cosas y había que esperar a los Santos. Día de Difuntos ha habido tan bochornoso que parecía que se hubieran abierto las puertas, si no del infierno, al menos del purgatorio. ¿Exagerado? Pues ahí tienen la horrorosa semana pasada en la que hemos alcanzado los 34º.

En fin, parece que aunque a paso de caracol llega el fresquito. Y con él se irán los pies. Es decir, se acogerán a cubierto de calcetín y cerrado de zapato, evitando los penosos espectáculos con los que el sandalismo y el chancleteo triunfantes nos afligen tanto como la veraniega publicidad de uñas con hongos y talones con durezas, en alguno de los cuales se muestra a un sujeto rallándoselas mientras las virutas de pellejo caen como si realmente los pies fueran quesos. No es poca cosa esto de liberarse de la contemplación de los pies ajenos. Sobre todo de aquellos que los años han ido convirtiendo en una nudosa superposición de dedos artríticos y uñas del mismísimo color que las losas de la Alameda. Por caridad, si no por pudor, deberían evitarnos estas exhibiciones las criaturas que aprovechan el espacio Schengen y el Low Cost para lucir sus extremidades inferiores por toda Europa. Pasear por el centro es hacer un máster internacional en podología.

Ayer mismo por la mañana me crucé con una expedición de teutones que debían ser talluditos cuando oyeron en directo a Kennedy decir "Ich bin ein Berliner", si no al mismísimo Führer en persona. Todos en sandalias, claro, exhibiendo unos pies en los que los años habían hecho su trabajo a conciencia. Tuve el privilegio de ver -porque es conocida la irresistible atracción de lo horrendo- los apiñados dedos y la uña negruzca de una fraülein con edad suficiente para haber militado en la sección femenina de las Hitler Jugend. No se cortaba un pelo al exhibirlos. Al contrario, iba tan contenta con sus desdichados apéndices al aire pese a que la mañana era fresquita. Generosa con sus encantos que debía ser la mujer. Venga pues el frío caritativo en nuestro auxilio y vuelvan callos, hongos, durezas, espolones, juanetes y picos de loro a sus guaridas que nunca debieron abandonar.

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