tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

El ocaso de la propaganda

OÍMOS narraciones atrevidas a Cospedal y no nos sorprende su contumacia esquiva con la verdad: son cosas de la propaganda… Escuchamos a Blanco dando sus proverbiales manotazos a la inteligencia y nos apartamos: son cosas de la propaganda… Si tuviésemos un medidor preciso de los discursos políticos, las mentiras, los silencios y las medias verdades superarían el setenta y cinco por ciento. En tiempo de elecciones, la intensidad del manipulado se convierte en sobredosis.

Se equivocan de siglo. La propaganda tuvo su apogeo en la primera mitad del siglo XX, cuando las ideologías construían castillos mitológicos, cultivaban la personalidad de los líderes y movían a las masas a base de discursos permeables a la ignorancia y la desinformación. Más tarde, el adelgazamiento de las ideologías permitió al mercado y al marketing ocupar el espacio de las ensoñaciones gratificantes. La ética política se disolvió en la estética de la imagen mediática y la carta de navegación ideológica en un GPS guiado por las encuestas, retroalimentadas por la pericia escénica de los actores-representantes.

Hoy estamos en la sociedad de la información, e información y propaganda son como el aceite y el agua. A mayor conocimiento, a mayores habilidades en el manejo de herramientas de información -es el caso de las nuevas generaciones-, el discurso de la propaganda, cuando la información pasa a un segundo plano, tiene mucho de engañabobos. La propaganda ha esterilizado la nobleza del debate político en España, a base de no dar tregua y crear un ambiente de polarización asimétrica -más sesgada por la derecha- donde no es posible el consenso. Cuestión de dosis. Hasta las medicinas más eficaces, en exceso, se convierten en veneno. Con la propaganda, hace tiempo que nuestro espacio público está envenenado.

Hay demasiados síntomas para saber que, en la llamada sociedad de la información, la propaganda debe ir por detrás. La gente busca, aquí y en Túnez, en Egipto y China, mayor transparencia, mayor responsabilidad en el uso libre de la expresión, menor ocultamiento y cinismo… Las mismas redes sociales son una expresión emergente -aún en fase de habilitación tecnológica- para una experimentación social que gira en torno a la información y el conocimiento. Cada vez será más difícil hacer comulgar con ruedas de molino.

La izquierda, cegada por la posmodernidad fingida, desorientada, no encontrará un nuevo sentido histórico si se obstina en una guerra de propagandas, donde su acción se reduce a un toma y daca en el ring de su oponente. Porque hace tiempo que la izquierda juega en la cancha del rival…

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