La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El odio es el pilar de la nueva normalidad

Todo consiste en desmontar poco a poco, mientras el virus se expande, todo aquello que nos facilitó décadas de bienestar

La nueva normalidad consiste en que aprovechamos la pandemia para meterle el colmillo al Poder Judicial, la reforma laboral, la enseñanza concertada y la lengua española; colamos a la ministra de Justicia como fiscal general del Estado y mantenemos como portavoz oficial de la mayor crisis que padecemos desde la Guerra Civil a un impresentable que frivoliza con su vida privada, con los datos, con los augurios y hasta con los tiburones que lució en la mascarilla en el acto de homenaje civil a las víctimas. La nueva normalidad consiste en pasarnos la Constitución por donde usted se pasaba el papel de periódico cuando no había papel higiénico. Consiste en saludar con el codo a los legatarios de ETA en el Congreso, levantar el puñito como rancios junto al Rey de España en Bolivia, soltar majaderías continuamente como la pronunciada por enésima vez por Pérez Royo, siempre misericordioso con los etarras y viendo a Franco en horario de mañana y tarde, y criminalizar al varón por el mero hecho de serlo a la mínima oportunidad y mediante cualquier argumento disparatado. Estos tíos son hijos del zapaterismo sociológico, al igual que muchísimos socialistas lo fueron en tiempos del franquismo sociológico. De los barros del peor presidente del Gobierno que ha tenido España vienen los lodos de estos sujetos inconscientes del alcance de su irresponsabilidad, de las consecuencias del odio que están sembrando y de la irreversibilidad de muchas decisiones que toman con desahogo. La nueva normalidad consiste en callar ante el apoyo de Bildu a las cuentas del Estado, salvo algunos barones del PSOE que se niegan a ser partícipes de semejante inmoralidad, se resisten a ser igualados con un jefe del Ejecutivo que no conoce otra ideología que la del poder por el poder. La nueva normalidad es el acceso de niñatos odiadores a las poltronas con la inestimable ayuda de una derecha fracturada. Incluye no asistir al funeral de Estado por las víctimas en la Catedral de la Almudena, pero sí al de un guardia del Coto de Doñana. Todo está tan estúpidamente medido como aquella vez en que el padrino de los actuales mandatarios de España, siendo líder de la oposición, se quedó sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos. Algunos incautos no se dan cuenta de que verdaderamente ha llegado la nueva normalidad. No se trataba de acostumbrarnos a vivir con el virus, sino de ver cómo se desmonta poco a poco todo aquello que nos facilitó tantas décadas de bienestar. Y la nueva normalidad, por supuesto, no incluye al Rey, diana de todos los odios heredados, transmitidos y fomentados.

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