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Rafael Padilla

Otra oportunidad

HOY, en el inicio de la semana en la que conmemoramos la pasión y muerte de Cristo, más allá del esplendor barroco que inundará nuestras almas y nuestros sentidos, nosotros, que nos proclamamos seguidores suyos, debemos volver a la pureza simple de su mensaje comprometido y revolucionario. Es Juan, el apóstol joven, quien recoge su enseñanza última, las palabras con las que, a modo de síntesis y de despedida, quiso instruirnos sobre el verdadero sentido de la idea. "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn., 13, 34-35).

Tan fácil y, a la par, tan desesperantemente inalcanzable para nuestras flaquezas. Es del amor de lo que, al fin, se nos pedirá cuenta y sólo entregándolo mansa e incondicionalmente colaboraremos en la construcción de un mundo distinto, armónico y mejor. El propio Juan (1 Juan, 4, 20-21) denuncia la falsedad del cristianismo de las formas, la traición hipócrita de cuantos se refugian en la vacuidad de los ritos para esconder su deslealtad estéril: "Si alguno dice: 'Yo amo a Dios', y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve".

Palabras duras pero exactas. Basta observar la realidad que nos rodea, nuestra incapacidad para compadecer y mitigar el dolor de los heridos, de los desheredados, de los que sufren, nuestro egoísmo que distraídamente olvida tantos morideros, nuestra tozudez en destrozar enemigos imposibles tras el mandato unívoco del Maestro, nuestra indiferencia, al cabo, ante el expolio y la explotación de millones de hermanos, para comprender que estamos desertando de la grandeza de la obra, que seguimos convirtiendo en inútil el misterio del sacrificio de un Jesús, todavía y siempre, solo, desoído y abandonado.

Las horas que llegan traen, al menos a mí me lo parece, el regalo de una nueva oportunidad. Para no perderla, cada cual ha de buscar en su corazón el testimonio de su fe, lo que falta y lo que sobra, la distancia que aún le aleja del universo renovado que Jesucristo instauró en la cruz. Sin trampas ni engaños, sin sucumbir al hermoso sueño de la fiesta, sin conformarse, otra vez, con la sedante dulzura de tallas, perfumes y músicas. Un tiempo para ser sinceros, para enfrentarse con coraje al espejo, para reiniciar el camino de la coherencia, para recordar la única vía del amor, para entregar con Él nuestro espíritu, humanísimamente temeroso, claudicante y débil, a la misericordia del Padre, para recobrar -el alba de la gloria ya se acerca- el bendito bálsamo de la esperanza. ¡Ojalá que yo y los míos, que son todos, sepamos aprovecharla!

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