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Rafael / Padilla

El órdago de Sánchez

NO creo en improvisaciones. Todo lo que Pedro Sánchez hizo el pasado fin de semana estaba cuidadosamente calculado. En la mañana del sábado, renunciando lacrimosamente a su escaño, Sánchez reivindicaba para sí la condición de principal víctima de la decisión adoptada por su partido. Era él, y sólo él, quien cargaba sobre sus hombros la cruz del dislate de unos barones trasnochados, incapaces de vislumbrar el futuro, impermeables al verdadero sentir de los suyos. Al tiempo, postulándose como líder dispuesto a restaurar la ortodoxia, inauguraba la ardua batalla que ocupará al PSOE en los próximos meses.

No contento con eso, en la noche del domingo y ante el oportuno Évole, Pedro quiso empezar a revelar el argumentario de su cruzada, el norte de su mesiánico viaje. De cuanto dijo, que fue mucho, destaco dos ideas maestras, ambas de cierta novedad. La primera, rompiendo el incómodo corsé de viejas líneas rojas, se centra en su personal concepto de España. Es "una nación de naciones", afirmó, en la que no podremos avanzar sin otorgarle su sitio, su voz y su estatus a realidades inocultables como Cataluña o el País Vasco. De lo que se trata, predica Pedro, es de articular una reforma constitucional para que estas "naciones" se sientan integradas dentro de España. O lo que es lo mismo, el orden constitucional ha devenido en inservible; el PSOE tiene que abandonar su penoso papel de garante de un texto periclitado y hacer suyas las aspiraciones dinamitadoras de los diferentes populismos y nacionalismos patrios.

La segunda, ciertamente instrumental pero imprescindible para tal logro, consiste en reorganizar nuestra izquierda política. Tras renegar de antiguos reproches, Sánchez entona un canto de amor a Podemos, esa fuerza, subraya, sin la que no será posible "el cambio político que necesita este país". El PSOE imaginado por Pedro Sánchez ha de entenderse con la izquierda radical, hacer suyos sus extremismos, olvidar sus insultos, tolerar sus desmanes, bendecir sus rancias utopías.

Y en el eje del proyecto, él, el pétreo Pedro, el hombre que amansará a las fieras, el héroe que devolverá armonía al secular laberinto hispano. ¿Se lo comprarán? Vaya usted a saber. Ya nada me parece imposible en esta puñetera tierra nuestra de odios pertinaces, de enanos que se disfrazan de gigantes, de soberbios que galopan sin talento, de fulleros que, sin cartas, gritan extraños órdagos al viento.

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