La tribuna

Manuel F. Sánchez Blanco

El país, en una encrucijada

CON coraje y con ideas claras y expeditivas se sale de la crisis, decía Pilar Cernuda no hace mucho tiempo en estas páginas; y daba un dato muy significativo: 35.000 millones de euros han huido del país en los seis últimos meses, lo que calificaba de estremecedor. Acertaba de pleno, ya que el problema no es que suframos un ataque de los mercados que refinancian la deuda Española (230.000 millones de euros), sino que están huyendo despavoridos de todo lo que huela a riesgo español, en palabras de un analista anónimo.

La Unión Europea adoptó, hace tiempo, la teoría del ajuste duro, de las políticas de austeridad, de la reducción del déficit público cueste lo que cueste de los estados miembros, siguiendo los criterios que Alemania nos impone (véanse las medidas que han obligado a tomar al gobierno irlandés: despido del 7% de los funcionarios, bajada de las nuevas pensiones, subida de impuestos y tasas, reforma del subsidio de desempleo… Y todo ello para rescatar a sus bancos, en los que, por cierto, están bastante implicados los bancos ingleses, alemanes y de los países nórdicos ¿curioso, no?), frente a la teoría keynesiana de proseguir con los estímulos a la economía, preconizada por Krugman y Stiglitz, entre otros. Este último argumentaba que "recortar en gasto social o en capital humano para atajar el déficit es absurdo. Puede conducir a la recesión. ¿Cómo se mejora entonces la productividad? ¿Cómo el crecimiento?". He aquí la encrucijada.

Decía recientemente R. Lucas (Nobel de Economía en 1995) que España debe dar un paso atrás en el Estado de bienestar (algo de lo que nuestros políticos no quieren ni oír hablar). Lo mismo, creo yo, pensaría hace unas semanas el presidente irlandés, y miren dónde se encuentra hoy.

Dicho lo anterior, sólo nos queda ajustarnos el cinturón, apretar los dientes y aprovechar el momento crucial en que se halla el país para tomar medidas valientes y efectivas tendentes, sí, a las demandadas reformas estructurales (rebaja del déficit estatal y autonómico, reforma del sector financiero y transparencia de sus cuentas -sobre todo las relativas al sector inmobiliario-, reforma de las pensiones, reforma laboral seria y profunda y otras por tomar como las reformas sanitaria y educativa, pues hay que evitar el sobreabuso en la asistencia hospitalaria y apostar por un sistema educativo de calidad), pero también medidas que impliquen crecimiento y empleo. Todo ello debemos hacerlo desde el máximo acuerdo social y político, sin el cual nada sería posible. ¿Estamos en condiciones de olvidarnos de discusiones estériles y partidistas, de ventajismos y electoralismos?

Le preguntaban a Stiglitz cuáles serían las medidas que tomaría para que España saliera de la crisis y su respuesta fue muy clara: "unos impuestos bien diseñados mejoran la eficacia económica, unos mal diseñados pueden lastrar el crecimiento". Tarde o temprano nuestros dirigentes políticos tendrán que tomar esta medida dura e impopular, y seguramente perjudicial para sus intereses electorales, pero sin duda necesaria e imprescindible; es la única manera de bajar el desempleo, auténtico cáncer de nuestra economía, vía crecimiento.

Esta recaudación extra por la subida de impuestos, que a eso nos llevarían los "impuestos bien diseñados", iría destinada en primer lugar a dar empleo a los parados de larga duración (cerca de dos millones de personas), que se han quedado sin subsidios o ayudas, con lo que atajaríamos esa bomba de morosidad que está a la vuelta de la esquina y que amenaza con llevarse por delante a todo nuestro sistema financiero, así como una peligrosa conflictividad social. En segundo lugar, a la incorporación de los jóvenes al mercado de trabajo, evitando así el éxodo que se está produciendo, de graves consecuencias para el futuro del país (pérdida de capital humano formado y preparado).

¿Cómo lo haremos? Incentivando a las empresas, autónomos y profesionales a la creación de empleo, con desgravaciones fiscales importantes, con créditos a largo plazo y bajo interés, con inversión pública en infraestructuras, con el pago de la deuda a las empresas, etcétera. Y también, por qué no, creando empleo público, sin aumentarlo, renovándolo por edad (entrada de los jóvenes y salida de los mayores) mediante acuerdos de prejubilación caso por caso y de forma voluntaria.

No soy economista pero intento ayudar, hay que poner a nuestros talentos a trabajar en esta dirección y pronto. En estos momentos no estamos para revoluciones estructurales, que también (véase informe Everis), sino para medidas inmediatas y efectivas, nuestra sociedad lo necesita imperiosamente. ¿Estamos todos dispuestos al sacrificio y la solidaridad que se nos pide? Más nos vale que la respuesta sea afirmativa.

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