La tribuna

José María / agüera

Es país para viejos

PARA los que pertenecemos a la generación del llamado baby boom de los años sesenta del siglo pasado es común el recuerdo de plazas en los pueblos y ciudades de nuestra infancia llenas a rebosar de legiones de niños y niñas a los que parecía irles la vida en jugar. Era raro que las madres de entonces tuvieran menos de tres hijos, así como que empezaran a tenerlos después de los veintiocho años de edad. Medio siglo después todos sabemos -sin necesidad de que venga ningún organismo a mostrarnos con números lo evidente- que las mujeres españolas tienen menos niños que antes y más tarde, estirando todo lo que pueden y más el límite que la naturaleza impone. Lo sabemos desde hace tiempo, pero parece que no merece nuestra atención, distraída en asuntos más importantes, porque es a ellos a los que les prestamos nuestra atención. Pero como esos organismos productores de cifras han de justificar su existencia, de cuando en cuando publican informes y ofrecen estadísticas a los que nuestras vidas quedan reducidas. Y logran la paradoja de plasmar mediante lo más abstracto que hay, el número, las coyunturas de nuestras existencias concretas; cifras y porcentajes que vienen a plasmar cuantitativamente lo que cualquiera puede observar en las calles de los barrios en los que habita: hay menos niños que antes. Lo dicho: vaya novedad.

Ahora bien, como vivimos en una sociedad en la que la representación (lo virtual, traducido a la jerga 2.0) tiene más nuestra atención que la propia realidad de la experiencia concreta, esos datos pasan a convertirse en hecho novedoso del que se toma conciencia en el momento en que son publicados en los medios, convirtiéndose en información e ingresando en el plástico y vertiginoso universo (posmoderno) de lo que tenemos por nuestra realidad. Entonces ya hemos obtenido la materia prima para, a partir de ella, manufacturar lo que en nuestra cultura de la información llamamos opinión pública, en cuya conformación tienen un papel relevante los líderes de opinión, supuestos oráculos de la misma al tiempo que exponentes de las diversas -así llamadas- corrientes de opinión. Pero siempre cabe el riesgo de que esas corrientes fluyan turbias; es decir, contengan contaminantes tales como prejuicios y dogmas que vuelvan tóxico su tránsito a través del tejido neuronal de los miembros de la sociedad, ofuscando su juicio de la realidad.

Me temo que esto puede pasar con el asunto que tenemos entre manos. Porque en alguno de esos foros en los que se bruñe la opinión pública a golpe de columna o de tertulia radiofónica o televisiva nos tropezamos con la idea de que la causa de que los de este país no tengamos hijos como antes es por nuestro egoísmo; que la crisis económica es una mala excusa que disimula nuestro culpable hedonismo (ay, esta Sodoma en la que nos refocilamos), que es el que de verdad pone en peligro la sostenibilidad material de esta nuestra sociedad del bienestar. Moralina de la peor especie que ignora los hechos que saltan a la vista de cualquiera que esté dispuesto a mirar a través de los ojos de la racionalidad; por no mencionar que se da por supuesto que tener hijos es igual a generosidad mientras que no tenerlos equivale a egoísmo. ¡Los hijos se tienen porque se desea tenerlos, no por una especie de altruismo derivado de un proyecto humanitario no se sabe de qué clase! Si entráramos en el análisis pormenorizado de las razones que de verdad tienen las personas para tener hijos, en la mayoría de los casos quedaríamos turbados, por decirlo suavemente.

Tener hijos, hoy por hoy, es visto por muchos ciudadanos como una opción vital que exige responsabilidad. Afortunadamente. Ya no se programa culturalmente a la mujer como hace décadas, para ser madre y poco más. La mujer europea y, por ende, la española quieren una vida en la que pueda aspirar a satisfacer sus legítimos deseos de tener una vida buena, que, probablemente, en la mayoría de los casos incluye la maternidad, a la edad que le parezca conveniente, pero que no se reduce sólo a eso, como fue el caso de esas abnegadas mujeres, heroínas inconscientes del baby boom de los sesenta (por cierto, las serviciales abuelas de hoy que hacen las veces de madres, porque los progenitores trabajan jornadas incompatibles con el cuidado efectivo de la prole). Y eso requiere vivir en un país con unas condiciones económicas, culturales y sociales que al menos garanticen una cierta seguridad material, y que ofrezcan una infraestructura pública de asistencia a la familia, un país en el que tener hijos no implique heroísmos porque la compatibilidad de la vida laboral y familiar es parte destacada de su agenda política. ¿Es ese nuestro país?

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