tomás garcía rodríguez

Doctor en Biología

Las palmeras de Ishbiliya

Las palmeras eran consideradas símbolos de triunfo y de paz en primitivas civilizaciones

Cuando el culto califa almohade Abu Yacub Yusuf, iniciador de la nueva mezquita aljama y de su grandioso alminar -alma de la posterior Giralda-, amplía en el siglo XII los antiguos jardines extramuros de la Buhaira, ordena plantar palmeras datileras procedentes de sus atávicas tierras norteafricanas para solaz y degustación de sus deliciosos frutos. Las palmeras, de las cuales existen unos doscientos géneros y cerca de tres mil especies, se cultivan desde hace miles de años en sus regiones originarias, que se extienden desde el norte de África hasta el oeste de Asia, siendo los fenicios los primeros en introducirlas en el levante peninsular ibérico. Serían consideradas símbolos de triunfo y de paz en primitivas civilizaciones mediterráneas y aparecen representadas en jeroglíficos egipcios; en Grecia se premiaba a los atletas victoriosos con hojas de palma, así como a los aurigas vencedores de las carreras en Roma. En la cultura judía forman parte de ritos y fiestas ancestrales que han llegado hasta nuestros días, como es su participación en la fiesta de las primicias o de los primeros frutos al comienzo de las cosechas; los cristianos las enarbolan el Domingo de Ramos y los santos mártires las portan como atributo triunfal en sus veneradas imágenes.

"Y el primer día tomaréis para vosotros frutos de árboles hermosos, hojas de palmera y ramas de árboles frondosos, y sauces del río, y os regocijaréis delante de Yahweh, nuestro Dios, por siete días." (Levítico 23:40).

En realidad, las palmeras no son verdaderos árboles, sino plantas arborescentes que presentan sólo crecimiento apical, sin ramas y con estípites -falsos troncos- que resultan de la acumulación de estructuras fibrosas superpuestas. Desde finales del siglo XIX, distintas palmáceas se plantan con profusión en plazas, jardines, parques y glorietas de la capital hispalense; aportando belleza, frutos, material para cestería o escobas y ofreciendo abrigos para la nidificación de determinadas aves, entre ellas las hermosas y repudiadas cotorras argentinas y de Kramer. Además de la datilera -Phoenix dactylifera-, es frecuente en el entorno urbano sevillano la palmera canaria, que adquiere menor altura, mayor diámetro del estípite y un color verde intenso en sus hojas; otras especies habituales son las palmeras de México y las de California pertenecientes al género Washingtonia, algunas de las cuales alcanzan un porte mayestático.

Sus estilizadas siluetas nos transportan súbitamente hasta palmerales ensoñadores en las lejanas y legendarias regiones patrimoniales de antepasados moradores de nuestra tierra, aquellos que labraron buena parte de la memoria colectiva de la caleidoscópica Sevilla.

"Es una antorcha al aire esta palmera,/ verde llama que busca al sol desnudo/ para beberle sangre; en cada nudo/ de su tronco cuajó una primavera./.../ No se retuerce ni se quiebra al suelo;/ no hay sombra en su follaje, es luz cuajada/ que en ofrenda de amor se alarga al cielo" (Miguel de Unamuno).

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