Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

La penita

YO he visto a gente que ha promocionado en el trabajo gracias a despertar sensiblerías chantajistas: explotan "la penita". Un lloriqueo a tiempo para salirse con la suya. La maestra catódica en esta filosofía es Belén Esteban, que siempre pone a la hija por delante, su enfermedad o sus penurias sentimentales, para dar lustre a sus galones de princesa del precariado. O duquesa del analfabetismo funcional. Cuando Belén llora, España parece callar. Unos se tragan la risa y otros, la vergüenza. Pero a esta operada mujer todo le sale muy rentable. Incluso sus deslices y vagancias.

Belén Esteban, pináculo de una mala forma de llenar horas de televisión, está acostumbrada al alarido improvisado, al aquí te pillo con un reproche y aquí te mato con un insulto. En pro de la frescura, lo que hay detrás es mucha cara y nula preparación. Y ahora debe dar la cara los miércoles en Mira quién baila el agua o Más que baile, o como diga el juez. Para salir a la pista hay que echarle muchos abductores y horas de ensayo para no hacer el ridículo. Y Belén, o no puede o no le apetece ensayar mucho. Si se queda traspuesta, como le sucedió la otra noche, siempre le quedará el recurso de echarse a llorar, de balancearse en la penita y, protegida y consentida como una colegiala, patalear contra sus detractores, aunque sólo le hayan hecho alguna recomendación, como Boris. Belén, la de los lamentos, es lamentable, y el MQB ese la pone en su sitio por esfuerzo y formación. Todo lo contrario que la presentadora, Pilar Rubio, una chica que se agarra a las crines de las oportunidades y trota segura por los programas de entretenimiento. De azafata anganga ya va por el rango de presentadora estelar, con paso firme. En las plazoletas de Telecinco se cruzan en ocasiones gente de valía, que progresa con educación.

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