La lluvia en Sevilla

Se perdieron los patios

Se perdieron los patios de mi Sevilla", entonaba El Pali. Hay en el aire un capítulo destinado a la añoranza, a la ciudad invisible que hicimos desaparecer; arcos, patios y espadañas que ya no existen, pero cuyas sombras aún se recortan sobre nuestras cabezas, como si acaso se las hubiera cargado un invasor bárbaro, como si acaso no las hubiésemos derribado desde dentro en el nombre del progreso y el provecho. Como si acaso Sevilla y los sevillanos no tuviéramos nada que ver en los asedios al patrimonio material e inmaterial de la ciudad.

Pienso en ello mientras señalo sobre el mapa la ruta literaria por Sevilla que, por iniciativa de su Feria del libro, haré a pie esta misma tarde junto a un nutrido grupo de flaneurs. Antonio Rodríguez Almodóvar, Daniel Ruiz y Elisa Victoria también guiarán a los lectores durante estos días por su propia cartografía. Aquí estoy, antes de salir a la calle, recorriendo con el dedo y a la fresquita algunas estampas literarias, gráficas y sonoras de la ciudad, entre ellas libros amados como La ciudad de Chaves Nogales, Calles de Sevilla de Manuel Ferrand, Sevilla, 25 poetas, 25 artistas, Aguafuertes de Arlt, o letras desde las que atrapara Demófilo a las que cantan Pony Bravo. Hay en nuestro espíritu -obligatoriamente barroco- una certeza de lo efímero, una consciencia de que muchas cosas de la vida de la ciudad están a punto de desvanecerse, una constatación del cuánto hemos perdido tontamente. Llegados a este punto caben dos opciones: sumirnos en la falsa nostalgia de quienes dicen añorar una ciudad inmutable mientras la alquilan, gentrifican y se la embolsan, o bien resistir con mirada crítica en algunas maneras de vivir propias de aquí, que vienen de antaño, que son sabias y de las que tenemos mucho que aprender. El problema no es -no sólo- que se perdieran los patios, algunos de ellos tristemente insalubres, o las casas de labor, o que donde había un desavío ahora haya un súper para turistas a precios de lagrimón. El problema es que perdemos formas de colaboración, gestión, vinculación, responsabilidad y vecindad valiosas. La verdadera mejora y modernización de la ciudad pasa por no sacrificar el bien común en nombre del interés particular, ni el pasado y el presente por el futuro. Los poderes políticos y económicos de la ciudad tienen gran parte de responsabilidad en todo esto pero, ¿qué responsabilidad tenemos cada cual en hacer ciudad o cargárnosla? Este es nivel: ponen por loco al amigo que se niega a convertir su propiedad en apartamentos turísticos. En un neopatio sin sillas ni bancos, un cartel prohíbe la algarabía de los chiquillos. En la churrería franquiciada no me fían. "Y aquí, ¿dónde se escucha a los pelmazos del barrio?", vuelve a preguntar el poeta Fernando Mansilla en la caja del Carrefour Express.

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