¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Sin perdón

NOS lo enseñó Amelia Valcárcel y la vida misma: el perdón colectivo es fácil, el individual no. Para el Estado, al fin y al cabo un gran saurio frío y burocrático, es sencillo extender el manto de la redención, pero no para el hombre de carne y hueso que ha sufrido la herida o la afrenta. Lo decimos ahora, cuando vemos a curas, políticos, periodistas y académicos desconcertados por el resultado del referéndum en Colombia; lo diremos mañana, cuando se quiera bendecir con la impunidad a los terroristas de ETA. Sólo existe el perdón individual; sólo el agraviado, el mutilado o el fantasma pueden poner la mano en el hombro del verdugo y limpiar su pecado.

No nos manifestaremos sobre el resultado del plebiscito colombiano, pues carecemos de los elementos críticos para ello. Dejaremos esas diatribas para las trifulcas de barra, donde las palabras son flor de un segundo. Pero sí diremos que el no nos parece profundamente humano. El santo perdona, libera su alma y su mente, porque su naturaleza es seráfica, poco o nada humana. Sin embargo, el hombre normal se alimenta de sus rencores como los perenquenes de los insectos; los cultiva con cuidado, incluso los convierte en su única razón de vida. Juan Manuel Santos -político de indudable valía- no sopesó adecuadamente el dolor y el rencor acumulado, cuya representación más visible es Álvaro Uribe, hijo de un asesinado por las FARC. Sin duda, el presidente pensó que, como decía Jefferson, el mundo pertenece a los vivos, un error garrafal en el país que inspiró Cien años de soledad. Tras el pasado domingo, Santos habrá recordado que los muertos y su memoria pesan más que las ilusiones y el futuro.

Mención aparte merece la decepción infantil de la opinión pública internacional, evidentemente intoxicada por los buenos deseos, así como la reacción de aquéllos apóstoles españoles de la memoria histórica que allí pregonan el amor y aquí la venganza (sí, nos referimos a Alberto Garzón). En el primer caso sólo hizo falta activar la magia de las palabras, pronunciar el morfema paz para que analistas y políticos se olvidasen de aplicar las más elementales metodologías profesionales. Atrás queda el ridículo diplomático de España, bendiciendo con la presencia del viejo Rey un tratado que el pueblo colombiano ha convertido en un feto non nato. Atrás también quedan los que se dedicaron a hacer campaña cuando su obligación era informar con rigor y no dejarse llevar por el vallenato de una victoria que no fue.

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