Las dos orillas

josé Joaquín / león /

El periodista de San Bernardo

SALÍA ayer en via crucis el Cristo de la Salud, que por la tarde estuvo en besapiés. Y, por la mañana, en ese templo, dijimos adiós a uno de sus hermanos más queridos. Si San Bernardo fue (y es) la cofradía de los toreros, Fernando Carrasco no podía ser de otra. No sólo por una tradición familiar heredada, también por la vocación que le llevó a especializarse en las cosas de Sevilla y en los toros. Además de dedicar su tiempo libre, que era escaso, a escribir tres novelas históricas. Cuando publicó la primera, El hombre que esculpió a Dios, resultaba admirable que uno de los periodistas más activos de Sevilla encontrara tiempo para investigar y escribir un libro que fue muy bien valorado, y que recientemente adaptó él mismo a obra de teatro.

Su muerte parece increíble. Tanto dolor para su esposa, sus dos hijos y sus padres. A Fernando Carrasco le quedaba tanto por hacer que resulta cruelmente injusta. No sólo por la edad, también por su vitalidad.

Es imposible no acordarse ahora de dos periodistas que fueron sus jefes, y sus grandes mentores, cuando apareció por Abc. Manuel Ramírez Fernández de Córdoba fue quien le dio hilo a la cometa, como él decía, para lanzarlo en el mundo de los toros. Fernando era un periodista taurino que sabía cambiar la seda por el percal, según las necesidades. Y fajarse con los toros más difíciles del periodismo. Con oficio y con arrojo, como los toreros valientes, que no sólo creen en la inspiración, sino también en el esfuerzo y el trabajo.

Su otro gran mentor fue Antonio de la Torre, que le tuteló y le dio aire en los temas sevillanos que Fernando tan bien conocía. Pues no sólo era un periodista capillita, que en el fondo nunca fue una prioridad para él. Era, ante todo, un periodista de Sevilla, de todo lo sevillano.

Fernando se habrá reunido con sus jefes en el cielo. Manolo Ramírez, Antonio de la Torre y ahora él. Los tres se fueron antes de tiempo. Los tres sufrieron unas muertes prematuras. Corazones rotos, como si la vida tan exprimida, el periodismo y Sevilla tuvieran un riesgo demasiado alto.

Cuando su amiga y editora Rosa García Perea presentó su última novela, INRI, yo veía a un Fernando Carrasco pletórico, que se había volcado en una obra de 799 páginas. Firmamos juntos en la Feria del Libro de Madrid. La vida es efímera, también traicionera. Era una noche de Cuaresma, junto a la Puerta del Príncipe, cuando se fue aquel periodista de San Bernardo.

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