La ciudad y los días

carlos / colón

El pesebre y la cruz

AQUÍ está la castaña!" se cuenta que se oyó decir bajo los faldones a un costalero de los antiguos cuando él y sus compañeros de trabajadera sacaban el Señor del Gran Poder a la enmudecida plaza de San Lorenzo. Se cuenta que dijo más, redondeando alegremente la frase con un contundente elogio a la fuerza del Señor que en la actual Semana Santa -tan amaneradamente cursi y grosera, porque la cursilería amanerada es lo que el grosero entiende por elegante y culto- se considerarían ofensivas. Pues sí, aquí está la castaña: el Señor vestido con su juanmanuelina túnica persa abriendo ese raro tiempo sevillano a la vez tan largo y tan breve que logra juntar, como el alfa y la omega que están bordadas en ella, el pesebre y la cruz.

En esta ciudad la Esperanza tiene lágrimas y la gloriosa manifestación del Gran Poder de Dios en la Epifanía tiene espinas. Son signos del recio realismo popular que hace imposible toda idealización beata y todo engaño. La vida como es, como se vive, se goza y se sufre. Por eso es tan reciamente auténtico el suelo sobre el que estas devociones crecieron y el que las mantiene en su radical pureza: el pueblo. Los devotos que van a rezarles, a lo mejor sin decirles ninguna oración, sólo mirándolos y contándoles sus cosas, lo saben todo sobre lágrimas y espinas, como la Esperanza y el Señor. Por eso saben que en la Resolana y en San Lorenzo les comprenden. Allí se habla la única lengua que el dolor humano puede comprender. En la Resolana está la luz que permanece encendida cuando todas se apagan y la oscuridad parece tan impenetrable como una noche sin luna tras la que no habrá amanecer. En San Lorenzo está el camino siempre abierto cuando todos los caminos se han cerrado y parece que no hay más salida que la rendición y la desesperación.

Hay luz, aunque ahora no se vea, y habrá amanecer, aunque la noche parezca interminable, dice la Esperanza con su solo estar. Hay sentido, y acogimiento, y camino, y salida, y mañana, y fuerzas para cargar con lo que parece insoportable, dice el Gran Poder con su mera presencia. Su estar es su decir. Juan de Mesa se adelantó tres siglos al teólogo que en el siglo XX escribió que Cristo no reveló a Dios diciendo lo que Dios era, sino de una manera más modesta pero más radical: no reveló a Dios diciéndolo, sino siéndolo. A este revelar a Dios no diciéndolo, sino siéndolo, le llamamos en Sevilla Jesús del Gran Poder.

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