Tomás garcía rodríguez

Doctor en Biologia

La piedra llorosa

La figura de Miguel de Carvajal y Mendieta se recuerda hoy en una calle junto al Museo

Allá por los años cincuenta decimonónicos, el consistorio sevillano estaba regido por un alcalde de mentalidad liberal, Miguel de Carvajal y Mendieta, que hoy se refleja en una calle angosta, corta y contigua al Museo de Bellas Artes, muy cerca del lugar de los hechos que intentaré relatar. Durante su mandato, desarrolló proyectos novedosos y llevó un tramo de ferrocarril al Puerto de Sevilla, siendo además uno de los enamorados pioneros de Itálica. Eran tiempos convulsos los que le tocó vivir en un ambiente con ansias de renovación política, propiciadas por las revoluciones europeas de mediados de siglo con el objetivo de intentar derrocar monarquías y gobiernos totalitarios. Esta llama renovadora no prendió de inmediato en España, debido a los "diques de contención" que supusieron los siete gobiernos de Narváez durante el reinado de Isabel II, mas todo se enmarañó por las sucesivas guerras carlistas y las revueltas del campesinado andaluz a resultas de las desamortizaciones agrarias.

En este explosivo contexto patrio, en junio de 1857, germinó en nuestra ciudad un pronunciamiento popular de poca hondura, impulsado por jóvenes rebeldes de la burguesía media, que levantándose en armas se "echaron al monte", enarbolando la bandera de soñadas y justas reivindicaciones. Durante las algaradas de exaltación de sus ideales, cometieron diversas tropelías a su paso por la campiña, camino de Ronda; en consecuencia, el férreo gobierno central de Narváez decretó una despiadada y cruel represión de los sublevados contra el orden constitucional. En la refriega murieron veinticuatro de los enaltecidos y veinticinco fueron encarcelados en la prisión extramuros de San Laureano, incluido el capitán que los dirigía, Manuel Caro. Días después, todos fueron fusilados en el Campo de Marte, actual Plaza de Armas, próximo a la vetusta Puerta de Triana, sin atender a las suplicantes peticiones de indulto de familiares y del propio alcalde, el cual acudió presuroso al lugar de fusilamiento sin obtener clemencia alguna por parte de los ejecutores.

Cuentan las crónicas legendarias de la época, y sueña la historia romántica en su realidad, que Miguel, desesperado y en un mar de lágrimas, corrió hasta las inmediaciones de la antigua Puerta de Goles, conocida tras su reconstrucción renacentista como Puerta Real, y sentándose en una piedra vertió su impotencia, dolor y desesperación en los arenales que colmaban los aledaños de esa magnífica ventana abierta en la muralla de Ishbiliya. Al cumplirse los ciento cincuenta años de tan triste acontecimiento, el Ayuntamiento hispalense rehabilitó el presunto monolito marmóreo sito en la actual calle San Laureano y colocó una pequeña placa conmemorativa del emotivo suceso que paralizó en su día el corazón de una metrópoli muchas veces elogiada, otras vilipendiada, que ha proporcionado tantas alegrías y tantos sinsabores a lo largo de los tiempos, con sus virtudes y sus defectos, con su desprendimiento y su intransigencia...

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