PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

La piel de los concertados

TODO mi periplo escolar, 12 años de infancia y adolescencia, lo viví muy a gusto en un colegio concertado, y conservo muchas amistades entre compañeros y profesores.  Eso no me obnubila, llegada la hora de analizar cómo pasa la vida, para considerar un agravio antieducativo de primer orden, en lo social y en lo moral, que el Estado sostenga económicamente a los centros concertados y que éstos no incluyan en sus aulas un porcentaje idéntico o muy similar de alumnos con discapacidades, de niños de inmigrantes o de comunidades gitanas que les toca en suerte a los colegios públicos. El 90% van a éstos, pese a que en ciudades como Sevilla proliferan las  plazas escolares en concertados.  Más culpa tiene la Junta de Andalucía que las órdenes religiosas, pues tiene la competencia decisoria a la hora de asignar plaza a cada niño. Pero cabría esperar de esos colegios mayor espíritu proactivo (de misioneros sin salir de Sevilla) para corresponsabilizarse de esa causa común.    

 

El curso que se avecina incide en esta brecha sociológica. El ministro de Educación, Ángel Gabilondo, promete un real decreto que sólo dote de recursos a los centros concertados que arrimen el hombro cumpliendo la equidad. Es refundar la función que justifica el concierto: apoyar a los colegios que propician, allí donde no llega la oferta pública, el servicio de escolarización obligatoria. Mientras, en Andalucía, los náufragos que aún dan la cara en la enseñanza pública son condenados a gestionar casi en solitario lo que no quieren los demás.

Ahora que todos los partidos dicen representar a los  pobres y a los desfavorecidos, sean coherentes y acudan a  los colegios concertados para organizar con directores y familias cómo elevan sustancialmente la cuota de niños discapacitados y la entrada de africanos o chinos. Y no se escaqueen escudándose en los padres que se rasguen las vestiduras. Expliquen que, a la larga, todos salimos ganando si todos los socializamos desde la niñez. 

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