Relatos de verano

Hipólito G. Navarro

El pintor de fondos (I)

Hipólito G, Navarro (Huelva, 1961) es autor de la novela Las medusas de Niza (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y Andalucía de la Crítica 2001) y de cinco libros de relatos, entre ellos El aburrimiento, Lester, Los tigres albinos y Los últimos percances (Seix Barral, Premio Mario Vargas Llosa NH 2006). Traducido a ocho idiomas, sus relatos están recogidos en numerosas antologías en Europa y América. El pez volador (Páginas de Espuma, Premio El Público de Narrativa 2008) ofrece una cuidada selección de sus cuentos.

Como es sabido, al autor de cuentos le caen de vez en cuando sobre lo alto algunos encargos inverosímiles. Encargos de nuevos cuentos para que empañe con ellos la obra que le va saliendo al paso de manera espontánea y natural. Como si no bastara con las historias que inventa, su arte es requerido cada equis tiempo para que escriba de esto y de lo otro y lo de más allá. Así pues, el cuentista se ve inmerso en el brete de imaginar tramas que sin dejar de tener que ver consigo mismo tienen que ver antes con las vacaciones de verano o de Navidad, con la celebración de olimpiadas o el homenaje a ilustres colegas muertos, y debe escribir así alguna que otra loa al aceite de oliva virgen extra, pongamos por caso, o incluso componer ensayos sobre el español en el mundo o narraciones que incluyan como motivo aquellas bicicletas antiguas que tenían una rueda gigante delante y otra enana detrás.

La magna celebración de 2014 es la del cuarto centenario de la muerte de El Greco. Permanecen abiertas todo el año importantes exposiciones de su obra y se convocan decenas de actos en museos, academias de bellas artes y foros varios. Barruntaba pues el cuentista que algún encargo al respecto le podía caer en suerte. Y así sucede.

La editorial Lunwerg prepara la edición de un libro para conmemorar el evento: un volumen colectivo en el que veinte autores escribirán a partir de la observación de una pintura de El Greco, adjudicada al azar. Se trata de asumir el reto antes de conocer el cuadro. Por escrito, obligándose en un contrato. Días más tarde se procederá al sorteo de las obras, y se enviará a cada autor la imagen que le ha correspondido.

El cuentista se pone enseguida a escudriñar enciclopedias, a buscar cuadros que no sean la media docena de obras más conocidas. Suspira para que no le toquen esos Cristos, esas vírgenes ("¡Virgencita, virgencita, que no me toques tú!", reza), ese caballero de la mano en el pecho…

En la espera devora historias sobre el periplo vital del pintor, toda ficha biográfica que le cae a mano. El artista nace en la isla de Creta, y antes de recalar en Toledo trabaja en Venecia y Roma, ciudades en las que establece su taller y se rodea de colaboradores... Pero cuantos más datos obtiene el cuentista, cuantos más cielos velados y más santos se clavan en su retina, más ansiedad lo embarga, más consciente se hace de haber aceptado un encargo que le viene grande. Menos mal que una luz se le enciende en lo más oscuro del insomnio. Una inspiración lo asiste: decide que le dará igual el cuadro que le caiga en suerte. Inventará un relato que le toque de cerca, construirá un personaje que quede de dentro de su propio pellejo, para que respire con más verdad, así se vea en la obligación de sujetarlo al cuadro con alfileres. Es la mejor solución para salir del atolladero. Podría contar la historia de uno de los ayudantes del taller, el que pintaba esos cielos repetidos, esas veladuras de nubes que son una constante en toda la obra del griego. ¡La historia del pintor de fondos de El Greco! Ahí lo tiene. Ese será su argumento, se concede, antes de sucumbir al sueño.

Pero la mañana se descuelga pronto con sus tercos reveses: llega el cuadro asignado, y le parece aterrador: El soplón o Muchacho encendiendo una candela, pintado en Roma en 1571. Se trata de la representación de un niño metido en medio de una densa oscuridad, iluminado tan solo por el resplandor de una vela. No hay fondo en el cuadro. Lo que no es niño está todo negro. A la porra la solución que le regaló el insomnio. Si pudiese renunciar ahora…

Respira hondo, y se abisma en la pintura. Creía haber visto en los días previos todos los cuadros de El Greco, pero éste no lo había contemplado nunca. Encontró otro con un motivo similar: un muchacho prendiendo una mecha con una vela, pero flanqueado por dos figuras, un tipo larguirucho y un mono. Un cuadro pintado en 1580, Fábula, que se puede ver en el Museo del Prado. Pero éste…

Vuelta a la documentación. Hay que buscar otro argumento a la desesperada. El pintor tiene problemas en Roma y debe abandonar la ciudad. Ayudado por el cardenal Farnesio, recala en la Corte de Felipe II, para trabajar en El Escorial. Es un amigo de Farnesio quien le consigue los primeros encargos: el confesor del Rey, Benito Arias Montano.

¡Arias Montano! ¿El mismo Arias Montano que vivió un tiempo en la peña de Alájar, en la sierra de Huelva, recluido en su cueva como un anacoreta?

Ahí lo tiene de nuevo: Benito necesitará un ayudante, y quién mejor que un niño del taller del Greco, el que le pinta los fondos mismamente. Los dos se van a venir conmigo a mi sierra. Decide el cuentista entonces escribir no sólo del cuadro que le toca, sino de dos: éste, y el otro, el del niño custodiado por el extraño personaje y el mono. Por asumir retos que no quede.

Lo que sigue, con variaciones para ajustar al plan de siete días de publicación, es el relato que imaginó el cuentista a partir de esos cuadros. A él se suma ahora el reto de las ilustraciones. Si el texto fue el resultado de inventar mirando a un cuadro, el ilustrador recorre el camino inverso y extrae de la historia sus dibujos, para que ellos devuelvan lo que cuentan las letras al origen primigenio de la pintura.

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