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En el piso de Joan Roca Pinet

EN el piso de la calle Joan Roca Pinet, un dúplex envidiable que tan sólo podría ser alquilado por un buen sueldo y en éste caso dicen en el barrio que el americano es ingeniero, habitan desde hace dos años los padres con sus tres pequeños. No hablan mucho con ellos porque en el de Sant Pau están entretenidos más en sus cosas diarias que en quienes van y vienen. Por Girona se está siempre recibiendo y despidiendo vecinos. Tampoco es cuestión de ponerse en las estaciones con un pañuelo cuales plañideras a coger las señas de inmigrantes y emigrantes. Aquí cada uno hace su vida y punto. Se es generoso dando limosna por la calle y te diferencias con quien no la da porque en realidad estás dando la paga a tu propio espíritu más que solucionando el problema al mendigo con el que tropiezas por el suelo. Como para reparar en una familia americana de bien que vive recogida en su casa y de la que poco más se deja conocer. Ahora que se ha sabido que convivían desde hace más de un mes con su hijo de siete años muerto y envuelto entre sábanas, mantas y tumbado en su cama, tampoco se han delatado muchos detalles sobre ellos. Sí que hacían vida a su lado y comían sobre una torre de colchones junto al cadáver. Que los otros de los hijos de doce y catorce años no estaban escolarizados -ahora tratados por psicólogos- y de la esposa y el padre, la edad. Una pareja joven diríamos, porque tan sólo tienen 38 y 39 años. Pero pasan esas cosas que suceden cuando estas mirando una película sentada en el sofá y ves el atrio de la puerta cortado en vertical. Al lado derecho llaman al timbre desde el rellano de la escalera los Mossos D'Esquadra. Desde el interior del piso impregnado por el hedor de la criatura en putrefacción, el padre abriendo la puerta con absoluta naturalidad, tan rara escena en la que ni siquiera había ambiente de cena navideña en pleno 31 de diciembre. Éste responde a los policías que todo va bien. Que su familia ha exagerado por llamar al consulado para saber sobre su paradero. Y te quedas sentada en el sofá viendo cómo se marchan los Mossos, se cierra la puerta del piso sin que éstos descubran la macabra historia. Tiene que ser la dueña del dúplex quien vaya días después a reclamar cuatro meses de alquiler y por la peste dé la voz de alarma. Y ahora vuelve el ¿por qué, eterno? ¿Una demencia, una disociación individual, colectiva? ¿Qué pasó en el piso de Joan Roca Pinet?

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