La ciudad y los días

carlos / colón

El prestigio del pesimismo

EL psiquiatra Enrique Rojas decía en la entrevista del compañero Paco Correal que publicamos ayer: "Hoy el pesimismo goza de un prestigio intelectual que no merece. Hay un fondo romántico en la sociedad, una melancolía y si alguien se muestra optimista o alegre es sospechoso". ¡Cuánta razón tiene! El prestigio intelectual del pesimismo viene, en efecto, de los románticos y alcanzó su cumbre popular con la divulgación facilona y a la moda del existencialismo. Nada que ver con Kierkegaard, Unamuno, Jaspers o Camus, desde luego. Tampoco con la tragedia. El prestigio intelectual del pesimismo es una estupidez revestida de sabiduría y una superficialidad disfrazada de profundidad.

Cuando unos llamaban tragedia y otros comedia a su La Celestina, Fernando de Rojas cortó por lo sano: "Yo viendo estas discordias, entre estos estremos partí agora por medio la porfía y llaméla tragicomedia". Éste es el cambiante y ambiguo color de la vida. Lo que quinientos años después Joseph Conrad llamó "esa dudosa media luz de la vida" que reflejó en novelas que, según él mismo escribió, hablan "a nuestra capacidad de alegría y de admiración, al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y el dolor, a la convicción, sutil pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones, a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad".

Es imposible leer estas palabras sin sentir ese vértigo, esa euforia y ese desgarro que nos devuelve el esplendor y el temblor adolescente. Repasen las palabras aparentemente opuestas que Conrad une -alegría y temor, placer y tristeza, solidaridad y soledad, esperanza y dolor, placer y piedad, ilusión y misterioh y sentirán el vértigo de saberse vivos. ¿Y el tiempo? ¿Y la muerte? Dejen que Wordsworth responda: "Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba, aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues encontraremos fuerza en el recuerdo, en aquella primera simpatía que, habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre". Dense a la tragedia, a la comedia o a la tragicomedia. Pero no se dejen embaucar por los mercaderes del pesimismo.

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