El primer ridículo internacional de Puigdemont

EL estrepitoso ridículo que ha hecho el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en su reciente viaje a Flandes y Bruselas no es más que un nuevo -otro más- fracaso en el intento de internacionalizar el llamado procés. Al igual que en su día intentó el nacionalismo vasco con escasísimos resultados -aunque con el apoyo de algunos ingenuos-, el catalán intenta mostrar al mundo que el antiguo principado vive una situación cuasi colonial en la que España ejerce de potencia invasora que impide la autodeterminación de un pueblo que vive oprimido y explotado. El dislate es tal que sólo está provocando los continuos desprecios de los principales líderes internacionales, empezando por el presidente de la primera potencia mundial, Barack Obama.

Tras los ridículos anteriores de Artur Mas, Carles Puigdemont -al que le acompañó su ministro de Exteriores, Raül Romeva- pudo comprobar en primera persona lo aislada internacionalmente que está la causa de la independencia catalana. Pese a que los servicios de prensa de la Generalitat intentaron hacer creer que el president no había intentado reunirse con ningún cargo comunitario de relevancia, fue la Comisión Europea la que se encargó de dejar claro que había rechazado la propuesta de un encuentro entre Puigdemont y el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. La Unión Europea no sólo se encargó de dejar por mentirosas a las autoridades catalanas, sino que se permitió el humillarlas en público al decir que la reunión no se realizó por un "problema de agenda". Al final, Carles Puigdemont apenas se pudo reunir con un puñado de nacionalistas flamencos, evidenciando el enorme fracaso de su propósito.

No nos alegramos de la situación. La Generalitat es una institución española que representa a una parte muy importante del país y no nos gusta ver cómo es ridiculizada en los foros internacionales. Puigdemont debe concienciarse de que ese camino de la internacionalización sólo lleva a malgastar recursos públicos y a poner en evidencia la propia institución que representa de forma legítima gracias a la Constitución de todos los españoles. El problema catalán es una cuestión española y en este ámbito hay que resolverlo. Obviar esta cuestión llevará a Puigdemont o a sus representantes a penar por diferentes países del mundo mendigando apoyos y cosechando humillaciones.

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