Antonio montero alcaide

Escritor

El puente de la Ronda Norte

El puente de la Ronda Norte necesita medidas disuasorias porque pone fácil el desvarío

El suicidio debe ser, además de un desconcierto mental, una de esas maneras de las que se vale el tiempo para solventar la postrera cuestión de la muerte. Saramago dixit: "Morir siempre es una cuestión de tiempo". Y los suicidas, dolientes de una enfermedad aniquilante, suelen buscar el lugar a propósito de su desvarío. Ya porque resulte efectivo y no provoque un fiasco desolador, o ya porque permita una última vuelta a la cabeza, a fin de reconducir tantas otras que se pierden por los arrabales de la sinrazón.

El puente de la Ronda Urbana Norte, entre las sevillanas barriadas de Pino Montano y el Polígono Norte, en el tramo que va desde la glorieta de San Lázaro hasta las inmediaciones de Carrefour, es un lugar atractivo para el arrojo y, además, permite pensárselo sentado ya que se accede, sin mucha dificultad, a las grandes vigas que atraviesan el túnel. Los bomberos, que tienen no poco de psicólogos autodidactas en situaciones extremas, hubieron de sosegar hace no mucho a un hombre de cuarenta años que permaneció sentado tres horas amenazando caer ocho metros más abajo, donde el tráfico, en este punto neurálgico que tanto a afecta a la circulación por la ciudad, también enloquecía en un atasco mayor. Tras este incidente, además de algún otro anterior, parecen previstas medidas "antisuicidio" como la instalación de vallas o mamparas disuasorias, que dificulten el intento.

No han faltado, tampoco, desaprensivos que, como broma macabra, graban vídeos con ahorcamientos simulados en puentes sin identificar, para hacerse con espacios y tiempos de atención informativa hasta que se descubre la siniestra trola.

La cercanía del puente de la Ronda Norte al tanatorio y el cementerio acaso presten complicidad cuando la muerte aprieta y mejor resolverla cerca de donde deber ser "tramitada". Pero un puente tentador bien se las vale por sí mismo y no es cuestión de ponerle todavía más atrayente el reclamo. En tales tesituras, jocoso, y por eso impropio, es recodar la cantarina sentencia de "En Sevilla hay que morir", cuando faltan o se pierden las más adecuadas condiciones para vivir. Si bien, el suicidio muchas veces pone fin a una concatenación de circunstancias en las que interviene el negro sino de los días o la desgraciada pedrea del infortunio, contra los que poca prevención es posible y poco reparadores son los tratamientos o las terapias. Ante el delator síntoma de las tentativas frustradas, con las que no se consuma la autolisis, ese otro nombre del suicidio, pero sí pueden sufrirse graves lesiones.

No son buen lugar para el paseo las inmediaciones de un puente donde el tráfico desaforado acrecienta el vértigo y agudiza la destemplanza. Ni la cuidada frialdad del tanatorio invita a la cercanía porque tiempo habrá de dejarse encontrar. Pero el suicida, como inconsciente llamada de auxilio, suele anunciar su tentativa y mejor que el puente no le ayude.

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