CÉSAR ROMERo

Escritor

Los que se quedan

Romero Murube prefirió no marcharse de Sevilla y se convirtió en uno de sus símbolos culturales

Antes de que todo se universalizara, cuando París estaba a una vida de distancia, quienes aspiraban a ser grandes de las letras, la pintura o cualquier otra bella arte debían marcharse de su ciudad de provincias para llegar a ser alguien. Dejando a un lado a Picasso, a quien España entera se le quedó pequeña bien pronto, ahí están los hermanos Machado, Luis Cernuda, Alfonso Grosso o Aquilino Duque, escritores todos que antes o después pusieron tierra de por medio de su natal Sevilla para llegar a hacerse eso tan etéreo e incierto, una carrera literaria. Todos se hicieron un nombre, con letras más o menos mayúsculas. Junto a ellos está el grupo de los que no se fueron. Si Sevilla tiene un escritor representativo de esta otra actitud es Joaquín Romero Murube.

Una cierta idea que subyace al recordar a estos escritores que se quedaron en la letra minúscula de la literatura es que podían haber llegado a ser tan grandes como los que sí se fueron. Si no llegó a más es porque no quiso, prefirió no marcharse de su ciudad y acabó convirtiéndose en uno de sus símbolos culturales, sacrificó la gloria por su tierra, se dice, como si ésta tuviera una deuda permanente e impagable, porque cantó sus esencias y no se alejó para alumbrar una obra mayor. Pero ¿esto es así? ¿Es verdad que Romero Murube podría haberse comparado con los poetas de su generación, la del 27, si hubiera dejado Sevilla? Esos hipotéticos versos, tal vez auspiciados por la añoranza de su vida anterior, debidos a la herida incurable por separarse de su terruño, ¿no desmerecerían junto a los de Cernuda o Aleixandre, por citar a dos paisanos de su generación? Los futuribles engañan, porque se tiende a pensar que lo que pudo haber sido y no fue siempre pudo haber sido, y tengo para mí que no: lo que pensamos que pudo haber sido muchas veces nunca hubiera llegado a ser. Es agradecido consuelo para quienes se tienen por genios incomprendidos (y quienes los descubren a toro pasado), pero es bastante irreal. Las empresas, también las literarias, han de juzgarse por sus resultados, no por la brillantez que contaban en potencia, en su mera intención.

Poco más de medio siglo después de su muerte (curiosamente murió el mismo día que Ignacio Aldecoa, quedando su sombra apisonada, también en la hora final, por un nombre mayor de las letras hispanas, ¿símbolo de su sino?), mientras el mito del escritor que no quiso ser más por amor a su ciudad permanece indeleble en el imaginario sevillano, uno tiene la impresión de que, salvo alguna prosa con cierto vuelo lírico, la obra de Romero Murube, tanto en verso como en prosa, está por debajo de la de sus contemporáneos más ilustres y que, quizá porque íntimamente sabía que nunca llegaría a tal altura, prefirió mantener los pies bien apegados a los Alcázares y sus alrededores.

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