La tribuna

abel Veiga Copo

Lo que no queremos ver

TAL vez ni siquiera oír. Escuchar. La miopía es como la fatiga. Integración social frente a exclusión social. Marginación, pobreza, miseria. Desocialización, delicada línea. No está en el discurso. El día a día nos devora con otras realidades más efímeras, como lo que es noticiable, lo que nos bombardea de improviso, durante horas, tal vez uno o dos días y luego no se vuelve a hablar, a escuchar, a oír, tampoco a ver. Con la pobreza, pasa lo mismo. No vemos viendo, no queremos escuchar escuchando. Nos molesta, o lo parece. Miles de familias, las verdaderas y más dramáticas víctimas de la crisis, lo están pasando mal. Angustia, pavor, miedo, incertidumbre, y sobre todo, temor al futuro de sus deudos, hijos y nietos. Vimos no hace mucho el drama de los desahucios y en qué acabó para muchas personas. Hoy tampoco es noticia. Ni siquiera un recuerdo o una niebla que se disipa levemente. ¿Se puede acabar con la pobreza hoy en España? La hay. No nos engañemos. No seamos ni cínicos ni hipócritas consciente e inconscientemente.

Cáritas y Foessa, una vez más, nos muestran una radiografía terrible, especialmente dolorosa. Marginación y pobreza, exclusión social que crecen. En 2013 se ha llegado a once millones setecientas mil personas, de ciudadanos, de seres humanos excluidos, de los que casi seis millones malviven en exclusión severa. Con esto está todo dicho, más en un país que se ha tenido, y para algunos aún se tiene, por rico. ¿Cómo rescatamos a las personas de las garras de la exclusión, de la pobreza, de la marginación? ¿qué debemos hacer y con qué fuerza instituciones públicas y privadas, pero sobre todo, todos y cada uno de nosotros en nuestra misma individualidad? ¿Se ha muerto la solidaridad en este país?

Ya sabemos la pobreza que hay en nuestro país y en cuánto se ha visto incrementada como consecuencia de esta lacerante crisis. No nos cansamos de leer y escuchar cifras y datos. Umbrales de pobreza, incluso de pobreza infantil. Los gobiernos y las administraciones la combaten. Destinan recursos. Pero hay que atacar de raíz los verdaderos problemas, causas y presupuestos de la pobreza. Somos conscientes de que la brecha y la exclusión social, las desigualdades en suma, son cada vez más manifiestas, aviesas y que están causando e infligiendo un daño tremendo en los hogares, las familias y la sociedad misma con riesgo de avocarse a una desestructuración mayor. Secuelas que asumen y asumirán las generaciones venideras. Hogares con toda su unidad familiar en desempleo.

El camino recorrido en las últimas tres décadas se ha visto superado por el embate de esta crisis. Por el daño que en el crecimiento y desarrollo humano provocan el desempleo, la caída del consumo, la capacidad de ahorro, la mengua del Estado de bienestar, el estancamiento cuando no pérdida de salarios, las pensiones más bajas, el todavía mayor atraso del campo respecto de la ciudad y un largo etcétera. La brecha de pobreza es cada vez mayor, una sima que hay y que debemos combatir y erradicar. Las desigualdades y los desequilibrios afloran.

El impacto ensordecedor y ciego de la crisis ha agravado aún más la situación. Como si de una sombra silenciosa se tratase, la pobreza, los umbrales estadísticos pero sobre todo reales, se hacen cada vez más patentes. Cada vez hay más pobres. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero la culpa no es sólo del ciudadano. Muchos no traspasaron ese limbo de consumismo y hedonismo. Los informes que Cáritas emite son cada vez más desoladores. Los datos estadísticos que los institutos públicos elaboran y publican son igual de desalentadores. La realidad es angosta. Poblaciones envejecidas, situaciones de dependencia, pensiones precarias, sueldos cada vez más bajos, desempleo azotador a familias enteras, natalidad en clara fase regresiva, ¿cómo si no iba a golpear la pobreza cuando el escenario es óptimo? El dato más claro es que casi un 60% de familias señalan que tienen dificultades para llegar a final de mes. Y un casi 25% roza ya el umbral de la pobreza. A nivel de España, en este último año un millón más de personas han transitado hacia lo que se conoce como exclusión social: vivir condenado a un estado de necesidad del que es muy difícil salir sin ayudas públicas y privadas.

Esta es la radiografía de un país que se tuvo por rico y miró y se empeña en querer seguir mirando hacia otro lado. Es el lado dramático que no queremos ver y nos aflige. Nuestro fracaso. Es hora de tomar conciencia, pero también una contundente y clara línea de acción. Sociedad y gobiernos, responsables públicos y privados, gestores y organizaciones benéficas. Es el fracaso de una sociedad entera. No cabe mirar hacia otro lado, el insoportable lado de la indiferencia. El esfuerzo es y debe ser de todos.

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