Desde mi córner

Luis Carlos Peris

En un reconocimiento archimerecido

EMPECÉ a ver al Sevilla cuando el central era Paco Antúnez y el banquillo lo ocupaba Guillermo Campanal, uno de los cimientos más sólidos en la historia del club. Era un Sevilla que intentaba superar el estado depresivo que le acarreó aquel gol que anuló Azón cierto domingo de Feria. Luego vino Helenio Herrera para hacer historia a través de cuatro temporadas en las que, por ejemplo, el Madrid de Di Stéfano nunca ganó en Nervión.

Guillermo Campanal, Helenio Herrera, Diego Villalonga como clavo al que asirse en los momentos más desventurados, Luis Miró con su delantera de seda más Ruiz Sosa y Achucarro, Antonio Barrios y el penalti fallado por Mateos ante Franco en Chamartín. Max Merkel y sus palizas intersemanales para que surgiera el gran Enrique Lora, un recurso llamado Juan Arza, Roque Olsen, Luis Carriega, Miguel Muñoz y su glamour hasta que apareció Manolo Cardo.

Este mediodía, en la zona más noble del estadio, va a rendirse el reconocimiento debido a un colega de todos los nombrados. El primer banquillo de oro que otorga ese Sevilla que, de la mano de José María del Nido, tiene muy presente su pasado, va a caer en las manos de Manolo Cardo y no cabe la menor duda de que estamos ante uno de los reconocimientos más merecidos, tanto o más que los distintos dorsales de leyenda que han ido adjudicándose a viejas glorias de Nervión.

Manolo Cardo no es que no tenga que desmerecer de cuantos han ocupado el banquillo local de Nervión, sino que fue uno de los que provocaron la catarsis más espectacular que experimentó el equipo blanco. Tan importante como Joaquín Caparrós y sevillista a carta cabal, ni siquiera Juande Ramos, el hombre que más plata acarreó al club, Manolo Cardo fue providencial en un tiempo en que el fútbol no era lo que es y que, sin apenas recibir algo, dio una barbaridad.

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