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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

De reptiles, golfos y torpes

Puede que la picaresca y la pillería hagan más daño a la política en este país que los grandes casos de corrupción

No es el hombre el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra; es el político. Se empeña en competir con el paro como principal preocupación ciudadana -así lo revelan una y otra vez las encuestas del CIS- dando razón a quienes piensan que a lo público se llega a robar. Aunque siempre es una injusticia generalizar, resulta descorazonador comprobar la facilidad y reincidencia con que se sumen en la polémica y en el descrédito. Más por golfos que por ladrones; más por cutres que por avaros.

Fue en 2011 cuando un diputado de Granada acabó siendo portada de El jueves por pasar 1,95 euros de una bolsa de Doritos. Todo era legal y hasta un ahorro para las arcas públicas: en lugar de cenar se comió la chuchería. Dos parlamentarios de Ciudadanos y Podemos -el primero de Almería, el segundo de Jaén- acaban de dimitir por viajar en Bla bla car, cobrar sus dietas correspondientes y completar la jugada cobrando a los pasajeros. También hay explicaciones en sus casos pero no sentido común ni prudencia. Tampoco generosidad: si el motivo era no dormirse en el camino, ¿por qué no viajar acompañado sin cobrar?

Puede que la picaresca y la pillería hagan más daño a la política en este país que los grandes casos de corrupción. La Gürtel apenas hizo mella en el suelo electoral del PP y, en el caso del PSOE en Andalucía, tendremos que esperar hasta después del 10-N para conocer la verdadera magnitud del caso de los ERE. Porque no hay duda de que hubo golfos aprovechándose de los procesos de ayudas a empresas en crisis pero está por ver si existieron reptiles. Fue el exdirector de Trabajo Javier Guerrero quien rescató la conocida frase de Otto von Bismarck para hacer referencia a la partida 31-L como una especie de "fondos reservados" ilegales y sin control. Aunque su interpretación fue mucho más coloquial que la proclama atribuida al canciller prusiano, el sentido literal es el mismo y el trasfondo también: trapichear. Uno, en plena resaca de la guerra con Austria, amenazaba con perseguir a los "reptiles malignos [los partidarios de los Hannover] hasta sus propias cuevas" y otro, en plena crisis económica, tiraba de nostalgia rememorando cuando las mujeres de su pueblo "escondían algún dinerillo del marido" bajo el colchón "para imprevistos".

Es la condición humana, sí, pero la ley es una cosa y la ética otra. Y no es lo mismo ser reptiles y delincuentes que golfos y torpes. Aunque el ruido sea el mismo.

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