¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

La resaca del CIS

ES extraño que el líder más valorado en el barómetro del CIS haya sido Alberto Garzón. Aunque, pensándolo bien, un país que ha subido a los altares de la historia a Adolfo Suárez y a Santiago Carrillo es capaz de eso y de mucho más. Quizás el mérito que tiene Garzón, lo que le confiere un indudable sex-appeal para las estadísticas, es el mismo que el de los dos venerables de la Transición, la capacidad para dejar en la cuneta a lo que le ha permitido medrar durante toda su vida. Mientras el candidato de IU negocia con Podemos cuándo y dónde van a entregar las armas, su fama y buen nombre trepa por los ejes de abscisas cual jazmín por una reja cordobesa. España ha aprendido que son los traidores los que hacen avanzar la historia. Sin ellos, probablemente, seguiríamos quemando resinas ante la Dama de Elche.

Lo de Garzón no es el único aspecto desconcertante del barómetro del CIS. El PP sigue siendo la formación con mayor intención de voto, lo que nos confirma algo que ya es casi un tópico: en España la corrupción no pasa factura, entre otras cosas para no tener que pagar IVA. La robustez de la que hace gala el partido de Rajoy nos pone ante la evidencia de la férrea disciplina de voto que sigue demostrando el centro-derecha español, un fenómeno que fertilizan los continuos llamamientos frentepopulistas de la izquierda. Que no tenga la menor duda maese Sánchez que, cada vez que habla de cordones sanitarios en torno al PP, el votante liberal-conservador español apunta en su agenda que el 26 de junio hay que acudir a las urnas. El terror de la derecha a un gobierno en el que se siente Podemos es instintivo y obviarlo está siendo uno de los mayores errores políticos del secretario general del PSOE.

Paradójicamente, pese a que mejora algo y es el segundo partido en intención de voto, el PSOE haría bien en preocuparse por los datos del CIS. La alianza entre Podemos e IU amenaza con relegarlos al tercer puesto y perder el bastón de mando de la izquierda. Ya no hay duda de que a los socialistas del siglo XXI se les ha acabado, definitivamente, las pocas rentas que le quedaban del felipismo, cuando el PSOE aparecía como el gran partido nacional de las clases medias y trabajadoras. La apuesta por el sentimentalismo izquierdista de Zapatero y del guapismo ideológico de Sánchez pueden tener un epílogo amargo en el medio plazo si no reaccionan con urgencia.

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