Hierba y cal

Juan Antonio / Solís

Un revés cruzado inalcanzable para Pfaff

CON 16 años recién cumplidos, allá por 1986, mi incipiente interés por el deporte no estaba alimentado, precisamente, por las conquistas de los nuestros. La Fórmula 1 parecía una competición de otra galaxia; también ese Olimpo del baloncesto que era la NBA, inalcanzable para esos españolitos donde aún escaseaban los de metro ochenta; mientras, la gloria en la copa de las grandes orejas seguía bajo tonos sepias, ya que el Barça falló, y eso que lo tuvo a huevo, ante un equipo rumano y en Nervión. Y llegó el 22 de junio y con él, la posibilidad de hacer Historia: podíamos cruzar unos cuartos de un Mundial. Pero Eloy falló en la maldita tanda de penaltis ante el belga Pfaff y la frustración se atornilló más en nuestros corazones.

Ese 22 de junio, ya balbuceaba en algún rincón de Manacor un recién nacido de apenas 19 días de edad. No lo sabíamos, pero había nacido el símbolo de esa nueva estirpe de españoles que hoy se sienten orgullosos de sus colores, que lucen el rojo y el gualda y que miran de tú a tú a cualquiera. Ya no hay complejos, pisoteamos el victimismo y el malditismo.

Antes que Nadal empezaron a cambiar nuestro destino muchos, desde Perico a Fermín Cacho, pero el tipo que abandera nuestro espíritu ganador en el deporte y que además hace gala de su españolidad cuando puede -ya le hubiera gustado lucir la muñequera de Sergio Ramos en Wimbledon- es Nadal. En él se reflejan las nuevas generaciones de chavales, que ya superan el metro ochenta con facilidad y que se sienten españoles sin estúpidos y desfasados prejuicios históricos por los colores rojo y gualda. El espíritu de Nadal es el de la afición española. También el que exhibe La Roja desde hace dos años en esa maravillosa aventura que apunta al 11 de julio.

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