Por montera

Mariló Montero

De rodilla hacia abajo

NO hace mucho escribí una cábala que titulé como La teoría de la rodilla hacia abajo. El título fue una improvisación que pretendía mejorar, pero la popularidad del contenido determinó que así se quedara. Retomo hoy la teoría tras conocer los datos del estudio del CSIC sobre Fecundidad y Trayectoria Laboral de las mujeres en España y que subraya que las madres seguimos padeciendo discriminación laboral. Se agrava que las mujeres-madres se desarrollen profesionalmente, sean competitivas y tengan los mismos derechos profesionales que el varón. Mi teoría viene a relatar la lucha permanente de una mujer en la vida, desde su nacimiento y hasta la madurez.

La mujer sobrevive a un padre superprotector que le ha planeado un futuro lejos de su ideal. Una vez logrado el triunfo de tener una carrera y un puesto de trabajo, empieza a sentir el gozo de la independencia vital y económica. Al poco de esto, se enamora de un hombre con el que forma una familia. Llegan los hijos, y su horizonte, aquel que se dirigía hacia la libertad de desarrollarse en plenitud gracias a su trabajo, su propio dinero y sus decisiones vitales, cambia. Lo deja todo por el amor hacia su pareja y sus hijos. Y es cuando su posición en el mundo se modifica. Porque cuando acuna al bebé, su mirada se dirige hacia abajo. Cuando baña al bebé, mira hacia abajo. Al igual que cuando da el pecho para alimentar a su pequeño, también mira hacia abajo. Su horizonte es su bebé, por quien muere, por quien da la vida entera. Cuando recoge del suelo los juguetes del niño, mira hacia abajo. Los primeros pasos del niño se producen de rodilla hacia abajo. Al enseñarle a montar en bici, su mirada está hacia abajo. Cuando hace la tarea del cole, ella sigue mirando hacia abajo.

Quince años después, mientras ella mira hacia abajo, donde están los deberes que hace su hijo adolescente, éste, con un incipiente mostacho apenas dibujado sobre el labio, gira su cara, la mira a los ojos y le dice: "Mamá, déjame, mi arma, que ya soy mayorcito". Entonces ella siente que algo se ha quebrado. Y, como lleva quince años mirando a ese horizonte que está de su rodilla hacia abajo, ve la obligación de erguirse.

Al sentirse totalmente de pie, un escalofrío de soledad le recorre todo el cuerpo. Busca su horizonte, que ya no está bajo su rodilla. Se mira en el espejo. Se mira por primera vez en muchos años para preguntarse dónde está aquella mujer que se peleó con su padre para que no la metiera a monja. Aquélla que se dejó la adolescencia entre cafés nocturnos para sacar la selectividad. Busca en el cristal a la bella, vital, inteligente, divertida y sensual mujer que se enamoró de un hombre que ahora llega cansado del trabajo y que espera de ella el calor del hogar placentero y perfecto. Pronto cumplirá los cuarenta y ahora lo que quiere es retomar el horizonte de aquella mujer que detuvo su vida por los demás. Clava sus ojos en el espejo para buscar su nuevo horizonte lleno de luz que alimente la fortaleza que demostró hace años para sacar adelante su carrera y a su familia.

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