La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La ruta de las fiestas piratas

La Policía se guía por el oído y las denuncias para localizar los pisos donde los irresponsables quedan para beber hasta el alba

Nuestros policías tienen que afinar el oído como jabalíes las noches de los fines de semana. Parecen exploradores indios a la búsqueda de las fiestas nocturnas en los pisos, que siempre acaban delatadas por el alto volumen de la música. Paseas de regreso a casa por la ciudad nocturna, con el certificado del trabajo en el bolsillo por si eres requerido, y vas trazando la ruta de los pisos con las juergas piratas. Candilejo, Conde de Ybarra, Córdoba... Algunas tienen más gusto musical que otras. Todo está quieto. El callejero se presenta como las fauces de un lobo. Acaso te acompaña por un instante el zumbido de las ruedas a toda velocidad de la bicicleta de un repartidor, los únicos seres vivos que te sorprenden de forma repentina. Y en el segundo piso de un edificio o tal vez en el tercero suena el chunda-chunda de la fiestuqui organizada por gente que no es consciente del peligro que sufrimos desde hace un año. De la mayoría de los balcones sale el fogonazo de televisores conectados en la oscuridad de salones que se intuyen decorados por grandes fotos de niños de primera comunión con marcos dorados, recargados como la esquina del paso de una cofradía de barrio. Se trata de estancias tranquilas que contrastan con las del jolgorio irresponsable de quienes no temen a la enfermedad, para los que la muerte es algo que queda muy lejos. Hablas con alguno y te cuentan con todo el desahogo del mundo que tienen que estar en el piso toda la noche, que no pueden salir hasta que se levanta el toque de queda a las seis de la mañana. No crean que se trata de jóvenes marginales. Ni mucho menos. Me recuerda a aquella vez que la alcaldesa Soledad exigió el listado de los niñatos que orinaban en las puertas de la basílica del Gran Poder. La sorpresa que se llevó fue menuda al comprobar la de apellidos largos, larguísimos, que figuraban entre los sancionados. Estos de hoy son también conocidos, universitarios, con ropa cara y con todo a su alcance. Quizás por eso no conciben un año de limitaciones. No están sencillamente preparados para soportar una presión con la que, quieran o no, se acabarán topando tarde o temprano. Los agentes tienen que guiarse por el oído, acceder a la finca y disolver una reunión donde las medidas higiénicas son una quimera. Mientras, miles de sanitarios, muchos de ellos jóvenes ejemplares, se la están jugando por todos nosotros en los hospitales, con sueldos bajos, pero con la fuerza de la vocación y el espíritu de servicio como guías. Cómo hemos cambiado en tan poco tiempo para que la Policía tenga que ir por las casas disolviendo fiestorras de bebedores compulsivos. Ahora son sin picú, pero con muy poca vergüenza.

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