Visto y Oído

Antonio / Sempere

El salto

E N mi afán por asistir como espectador a tiempo completo a esta representación que es la vida, para sentir que me adentro de veras en una nueva etapa, me sobra un año completo. De verdad qué pocas cosas me habrían hecho tan feliz como despertarme en enero de 2014, de súbito, sin tener que sufrir pacientemente las 52 semanas de 2013. Feo está confesarlo, pero si no fuera porque el nivel de vida está subiendo a nivel exponencial, podría afirmar que tengo dinero más que suficiente para sobrevivir unos cuantos años sin ingresos. No porque tenga mucho dinero, insisto, sino porque una vez instalado en la rutina de la austeridad he comprobado cómo para comer y descomer, beber y desbeber, vestirse y desvestirse, acostarse cada noche y volverse a levantar cada mañana, no hace falta ni un presupuesto tan holgado como algunos creen ni desde luego complicarse la vida como algunos se la complican.

Siguiendo esta regla de tres, a falta de dinero lo que derrocho verdaderamente es tiempo. Todo el tiempo del mundo. Tiempo para verlo todo, para que no se escape nada. Es desde esa perspectiva desde la que el año nuevo, es un decir, desespera. Cuando mi cabeza está en el próximo proyecto de Amenábar, y salivo por ver El niño de Daniel Monzón o los 33 días de Carlos Saura, de verdad que tener como todo horizonte otoñal las hazañas de Zipi y Zape, las tribulaciones de la familia media española de Sánchez Arévalo o la 4ª parte de Rec resulta poco halagüeño. No hablemos ya del panorama televisivo, que entonces sí nos ponemos a llorar. Ojalá fuese posible el salto. Porque después de un año en barbecho, volver a Gran reserva, Cuéntame y Águila Roja, que estaban aparcadas en La 1, suena a 'dejà vu'.

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