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30 segundos

Me pregunto qué habría hecho un político si hubiera tenido que ocupar el lugar del comandante del avión averiado

Anteayer, un avión de la compañía canadiense AC tuvo que aterrizar en Barajas por una avería en un motor. Circula un audio de 30 segundos en el que se oye la voz del comandante del vuelo explicando la avería a los pasajeros. La voz del comandante -habla en inglés- es segura, relajada, casi humorística. El problema que estaba viviendo la aeronave era grave y hasta un reactor del Ejército tuvo que escoltar al avión para informar al piloto de los daños en el motor, pero la voz del comandante -basta comprobarlo en el audio- es singularmente serena y clara. No registra ni un altibajo, ni una alteración, ni un solo rastro de nerviosismo. "Lo que estamos intentando hacer -dice el comandante- es reducir nuestro peso de aterrizaje. Cuanto menos peso tengamos para aterrizar, mejor para todos. Aparte de eso, no está pasando gran cosa. Todo el mundo está contento aquí delante, pero probablemente estemos dos horas más antes de que empecemos a aproximarnos al aeropuerto. Gracias".

He reparado en dos frases extraordinarias. "No está pasando gran cosa", dice el comandante. Y luego añade: "Todo el mundo está contento aquí delante". El comandante sabía, por supuesto, que sus pasajeros estaban angustiados y nerviosos. Muchos quizá habían enviado mensajes a sus familias despidiéndose de ellas ante la inminencia de un desastre. Quizá él mismo lo había hecho. Pero el piloto se proponía imponer la calma. "No está pasando gran cosa", decía. Y lo confirmaba con su tono de voz, siempre pausado, confiado, firme, seguro. Un tono de voz destinado a convencer a los pasajeros de que todos iban a llegar sanos y salvos a su destino.

Me pregunto qué habría hecho un político de los nuestros -de derechas o de izquierdas, de extrema derecha o de extrema izquierda- si hubiera tenido que ocupar el lugar del comandante del avión. En vez de usar un tono sereno y confiado, habría gritado de la forma más histriónica posible. En vez de hacer una evaluación fría de los hechos, habría acusado de la avería al anterior piloto, a la compañía aérea, a las condiciones atmosféricas o a la empresa fabricante de los motores. Y en vez de asegurar a los pasajeros que todo saldría bien, habría soltado un discurso apocalíptico lleno de bravatas, exageraciones y amenazas. Y por supuesto -eso no hace falta decirlo-, habría acabado estrellando el avión.

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