la ciudad y los días

Carlos Colón

La senda de las audiencias

TOMANDO en cuenta sólo las noticias "colgadas" desde la noche anterior en la edición digital de la mañana de ayer, no las mantenidas desde días anteriores, a la una del mediodía la noticia sobre la demanda de Belén Esteban contra El Jueves sumaba 41 comentarios. La de la orden de devolución a la Junta de las actas de los Consejos -caso ERE-, 34. La del derbi local en la primera jornada de Liga, 27. La de las posibles modificaciones del PGOU para atraer inversiones, 20. La de los pésimos resultados de la evaluación sobre el rendimiento y las perspectivas de los alumnos de ESO, 12. La de los congresos que acogerá Fibes el año que viene, dos. La de la desaparición del Códice Calixtino, una. En totales acumulados, sumando los datos de días anteriores, Belén Esteban también triunfaba como la noticia más leída.

Los datos de audiencia televisiva, por su parte, nos dicen que en lo que va de julio sigue reinando Telecinco, la casa de Belén. Cierto es que en la cadena su estrella declina levemente a favor de Supervivientes. Pero estamos en lo mismo. Y la cadena de Vasile, que ha definido a la Esteban como una adelantada del 15-M, está pendiente de confiarle un programa propio de emisión regular. Es precisamente la noticia de que Belén tendrá su propio programa la que ha inspirado la viñeta de El Jueves que ha originado la tan comentada demanda.

Las audiencias son como los elefantes de la película de William Dieterle: siempre se abren su senda por donde les apetece (léase divierte, entretiene o interesa). En una sociedad de libre mercado y sin censura los elefantes de las audiencias buscarán mejores o peores sendas según su nivel educativo. Todo está al alcance de internet o del mando a distancia. La libertad de elección, teóricamente, es absoluta. El único problema es que sólo la educación procura una verdadera libertad de elección; y que por ello la actual es una libertad condicional o condicionada por las carencias educativas.

Mi canario Eduardo, así bautizado en homenaje a quien me lo regaló, sólo tiene que esperar a que le limpie la jaula y le renueve agua, alpiste y lechuga. Los gorriones que a veces vienen a burlarse de él dando saltitos por el alféizar de la ventana, como si fueran chavales de río, árbol y tirachinas riéndose de un niño pijo, tienen que buscarse la vida. El del mercado sin censura es un público-gorrión que debe aprender las mañanas de la supervivencia en libertad. Estas mañas no se heredan: deben ser enseñadas y aprendidas. Y a eso se le llama educación. Mientras esto no se solucione, reinará la comunicación basura.

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