Acción de gracias

El señor Grant

Hoy más que nunca necesitamos la comedia, esa tabla de salvación que nos devuelve la esperanza

Sostiene Fernando Trueba en su Diccionario de cine que si el mejor actor de la historia es el que ha hecho las mejores películas, ese hombre sería Cary Grant, y enumera una veintena de títulos incontestables entre los que se incluyen Encadenados, Con la muerte en los talones, Historia de Filadelfia, Luna nueva, La fiera de mi niña, Sospecha, Arsénico por compasión o Charada. Su grandeza es tal, añade Trueba, que su currículum recogería también las "mejores películas no hechas. Sin ir más lejos, Ninotchka, Sabrina y Ariane fueron escritas para él". Pero semejantes logros no son suficientes para algunos compañeros de oficio, "cierto tipo de actores: aquellos que piensan que el arte de interpretar (cine) puede aprenderse en escuelas". Grant, con "esa indescifrable cualidad llamada encanto", ese carisma por el que no necesita complicarse para brillar en un papel, es "el paradigma" de las "frustraciones" de esos cómicos: posee, afirma el director, "la totalidad de las cualidades que no pueden adquirirse. Así es la vida. Y el cine".

Les confieso que hoy me sentaba a escribir esta columna con la idea tonta -por un libro hermoso y desgarrador que estoy leyendo sobre el duelo- de abordar uno de esos grandes temas que nos permiten ponernos solemnes y sublimes a los columnistas (y a los poetas). Pero me acordé de improviso de Los viajes de Sullivan, de Preston Sturges,y de ese protagonista al que daba vida Joel McCrea, un director empeñado en hacer una gran película sobre la miseria que un día comprende que frente al dolor y los problemas el público necesita la risa y la evasión. Entendí que hoy más que nunca resulta crucial la comedia, esa tabla de salvación que nos devuelve la esperanza, si el humor es amable, o que al menos estimula nuestra inteligencia si opta por la sátira.

Que me perdone Chaplin, cuyo cine gocé de niño gracias a un ciclo de Televisión Española, pero Cary Grant -también un estupendo actor dramático, no hace falta decirlo- es el rostro que me reconcilia con la vida. En algún momento de la infancia me topé con La fiera de mi niña, con ese paleontólogo que quiere culminar la reconstrucción de un brontosaurio y es arrastrado al caos por una excéntrica heredera y un leopardo, y más tarde con Historias de Filadelfia -ay, ¡esos diálogos!, ¡esos personajes!-, y como ven aún me perdura el entusiasmo: a ese tándem formado por Cary Grant y Katharine Hepburn tal vez les deba esa inexplicable esperanza con que contemplo el mundo, la sensación de que la felicidad podrá con el desánimo. No sé si rescataré este fin de semana alguna de esas obras, o tal vez Arsénico por compasión o Luna nueva, pero allá fuera hace frío y el señor Grant sabrá reconfortarnos.

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