La tribuna económica

Gumersindo / Ruiz

El sentimiento del mercado

DOS ideas pueden resultar de interés para gestores e inversores en esta época de tribulación. La primera, el papel que juega la diversificación de las carteras, considerando la vuelta a los equilibrios en los mercados de renta fija y variable, tras los excesos al alza y a la baja; y la segunda, los cambios que introduce la intervención pública en la percepción del riesgo y, por tanto, el posicionamiento en valores y títulos que se piensa pueden verse afectados por la intervención pública.

Los inversores y gestores prudentes, que vieron en la diversificación una fórmula para evitar el riesgo, se han visto sorprendidos por una crisis en que han sufrido pérdidas en mercados tradicionalmente poco correlacionados como la bolsa, el capital riesgo, la renta fija privada y pública, materias primas, e inmobiliario; e incluso han sufrido por sus posiciones líquidas, en los fondos del mercado monetario, y ante el temor de quiebra de entidades financieras y las que actuaban como contraparte en las transacciones.

Hemos aprendido que es imposible encontrar inversiones no correlacionadas en una crisis de estas dimensiones, que la diversificación tiene sus límites, y hay que estar preparados para afrontar situaciones en que todo se vuelve negativo. Nadie discute que en una estrategia a largo plazo la diversificación sigue siendo una opción como cobertura del riesgo. Sin embargo, la actitud ha cambiado y los gestores siguen manteniendo baja la parte que dedican a renta variable, al entender que por ahora no se trata tanto de buscar oportunidades en tipos de activos como de considerar los factores de riesgo en sus carteras y analizar cómo algunos activos se correlacionan más que otros con el sentimiento negativo del mercado. Y, desde luego, el riesgo del sentimiento del mercado es muy difícil de cubrir. A excepción del Nasdaq y los países emergentes, con subidas de entre el 30% y el 50%, las bolsas llevan subidas discretas o están planas, tras las fuertes caídas del año pasado. A este hecho se añade la vuelta al equilibrio entre los títulos que conocemos como valor, que tienen recorrido por encontrarse presuntamente infravalorados respecto a sus fundamentales, y los llamados crecimiento, pues al fin y al cabo el valor de hoy debería estar fundamentado en el crecimiento de mañana, y al contrario. También la relación entre los bonos de deuda y acciones debería revertir a su relación histórica.

Pero lo más inquietante de la situación actual es el papel del sector público y los bancos centrales, que se ven como una fuente de riesgos por los déficit y liquidez que generan; lo que se concreta en la incorporación de bonos protegidos de la inflación a las carteras. Por otra parte, hay un elemento político en relación al riesgo, que se ilustra por la reciente intervención pública en la recompra al 100% de las preferentes de una entidad financiera, que cotizaban a un 16% de su valor nominal. Es loable el empeño por que los bonistas no sufran en la crisis, pero una recompra por el 40% o 50% habría sido suficiente. Este papel de lo público como una amenaza o como providencia divina, es pues otro elemento determinante a considerar en la construcción de las carteras.

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