La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La sociedad boba no puede vivir sin piscinita

Es llamativo la que están liando algunos por no tener piscina este año. Menudo grado de acarajotamiento

La que están liando algunos con la dichosa piscina de la urbanización sólo es comparable a cuando el personal pierde los nervios al fallar la antena de televisión. No pueden vivir un verano sin piscina. Pareciera que son sometidos a una tortura, a un sufrimiento desgarrador, a un verdadero calvario. Suelen ser los mismos que sufren porque no hay aire acondicionado en las aulas de sus hijos y exigen a la Junta un esfuerzo inversor que no han hecho aún ni los centros privados. Se quejan por la subida del precio de los libros pero nunca de la de la cerveza en el chiringuito, viajan a Roma sin conocer Itálica y, por supuesto, te dan la brasa con que han enviado a sus vástagos al extranjero para aprender inglés. Lo primero que hace el retoño al llegar al destino es publicar un tuit con faltas de ortografía. Sevilla es sede de no sé cuántas universidades e institutos extranjeros, pero aquí prima la ojana de apostar por la educación fuera de España, cuando en realidad se hace en buena medida para presumir (las agencias bien lo saben y explotan ese filón de debilidad paterna) o para quitarse de encima a los niños, según los casos. ¡Bravo por los alcaldes de la provincia que han decidido mantener las piscinas municipales cerradas este año! No pasa absolutamente nada. Han primado la seguridad y la cautela antes que asumir riesgos gratuitos e innecesarios. No pasa nada por estar un año sin piscina. Aquí parece que la mayoría se han criado con albercas, termas o balnearios propios. ¡Qué alta alcurnia la de la mayoría! Nunca han pasado calor, ni se han aburrido. Esto pasa por haber acabado con las bañeras. La manía de los nuevos arquitectos de suprimir los recibidores (idóneos para el paragüero con la estampa del ciervo de gran cornamenta) y las bañeras para ganar metros cuadrados de zonas "útiles", nos ha llevado a depender de la piscinita para tomar los baños. ¡Es culpa de los arquitectos, sí señor! Antes se metía usted en la bañera una tarde de agosto y expulsaba las calores de su cuerpo serrano. Ahora su alcalde es un fascista que le ha quitado la piscina. Recuerde no votarlo en las próximas municipales. Si es de derecha, menos todavía. Hay que ser mala persona para dejar a un pueblo sin piscina. Al menos ha vuelto el fútbol. Un verano sin baño no es verano ni es nada. Ni fiestas patronales ni piscina. Esta generación quedará para siempre marcada por los enormes sacrificios que le ha tocado asumir. Un encierro con Netflix, una primavera sin tambores ni jarana y un verano sin piscina. Saldremos más fuertes y... acarajotados.

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