Las claves del día Suscríbete a nuestra 'newsletter' y recíbela cada mañana de lunes a viernes

Una sociedad sin héroes

¿Es posible la convivencia civilizada en una sociedad en la que todo el mundo sospecha el uno del otro?

Este verano, a raíz de su muerte, he vuelto a leer a V. S. Naipaul. El escritor caribeño (en realidad un apátrida) fue un personaje muy poco ejemplar en su vida privada, pero como escritor político creo que es uno de los más grandes analistas que ha habido en la segunda mitad del siglo XX. En alguno de sus ensayos, ya no recuerdo cuál, Naipaul recordaba la isla caribeña en la que nació y vivió hasta los 17 años, Trinidad y Tobago, un remoto lugar que nadie conocía y que no poseía memoria de su pasado ni historia sedimentada ni tradiciones de ningún tipo: "Se reconocía el poder, pero a nadie se le otorgaba dignidad alguna. A toda persona eminente se la tenía por tortuosa y desdeñable. Vivíamos en una sociedad que se negaba a tener héroes".

Naipaul hablaba de una remota isla caribeña en los años 40, pero me pregunto si no estaba hablando de nuestra propia sociedad. Tras el escándalo de los másteres y los doctorados, tras las disputas cotidianas por temas irrelevantes que sólo sirven para ensuciar y degradar al adversario, uno percibe esa misma tendencia a respetar únicamente el poder -es decir, la capacidad descarnada de otorgar privilegios en forma de trabajos remunerados o cargos públicos- y de despreciar todo lo demás: el saber, la ejemplaridad, la educación, las buenas maneras, la elegancia moral, la honestidad, en fin, todo lo que hace que podamos admirar a alguien. En realidad, desde hace un tiempo, todos sospechamos que basta escarbar un poco en una persona para que aparezca algo -aunque sólo sea un rumor- que nos demuestre que es falsa e hipócrita y egoísta y malvada. Y lejos de deprimirnos o desanimarnos por ello, más bien parecemos alegrarnos, porque si preferimos vivir en una sociedad que no tenga héroes es porque así nos resulta mucho más fácil que pase desapercibida nuestra cobardía y nuestro arribismo y nuestra mediocridad.

Ahora bien, ¿es posible la convivencia civilizada en una sociedad en la que todo el mundo sospecha el uno del otro? ¿Se puede convivir con los demás cuando todos nos creemos con derecho a meter las narices en su vida privada? ¿Y es posible creer en la democracia representativa y en el respeto a las leyes si todos nos consideramos un hatajo de egoístas y cobardes que sólo respetan el poder despótico que premia a los obedientes y castiga a los díscolos? Dejo ahí la pregunta.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios