Acción de gracias

Aquí mi soledad

La biografía de Sontag nos confirma que no sabemos nada de los otros, que no podemos fiarnos de las máscaras

Una joven inaugura sus diarios con una declaración: "Algún día, enseñaré estas páginas a la persona a la que habré aprendido a amar; así era yo, he aquí mi soledad". La muchacha vulnerable que escribe entonces desentona con la figura pública que será más tarde: una de las intelectuales más importantes de su tiempo, pero también una mujer a la que acompañarán siempre los adjetivos de fría, altiva, el estigma de ser alguien demasiado cerebral para sentir, con todo su desgarro, y no llevar sólo al terreno de la reflexión, el dolor y la orfandad de los otros. Pero Benjamin Moser ahonda en la intimidad del mito y desmonta los clichés en Sontag. Vida y obra (Anagrama), fabulosa biografía, merecedora del Pulitzer, de la autora de Sobre la fotografía o En América.

En sus páginas, Moser lo apunta: Sontag es, como todos nosotros, pese a las apariencias, una persona que sólo busca ser aceptada, otro corazón a la deriva. Resulta que la erudita del mechón blanco, valiente y temible, que no parecía incomodarse ante la polémica, temía "ser una mentirosa, una impostora, un fraude", y llegó a imaginarse para sí misma un epitafio tan despiadado como el de que "en vida no hizo más que posar". El libro atribuye al alcoholismo de una madre ante la que Sontag intentó sin suerte "llamar su atención, conseguir su amor" el origen de la actitud con la que Susan se mostraría al mundo. "Sus detractores la acusaban de tomarse demasiado en serio, de ser inflexible y carecer de sentido del humor, de tener una abrumadora necesidad de control, incluso en las cuestiones más banales". Y para Moser, los hijos de los alcohólicos son "mentirosos consumados", que, conscientes de que "no pueden revelar lo que pasa de puertas adentro", desarrollan ante la sociedad "complejas máscaras". Obligados a una repentina madurez, conservarán, tras esa fachada, un resto de personalidad infantil que más tarde saldrá a flote.

Mientras uno lee el trabajo de Moser se conmueve al ver a Sontag apeada de su púlpito, desubicada y doliente. Estremece la definición que hizo de ella su hijo David Rieff, que la retrató con "la sensación enquistada, y en última instancia inconsolable, de ser una intrusa, de estar siempre fuera de lugar". Esa pensadora arrogante se debatía entre extremos en la percepción de sí misma, "entre No sirvo para nada y Soy genial, sin término medio", añade Moser. La biografía de Sontag nos confirma que incluso las personas de extraordinaria inteligencia se manejan con la misma torpeza en este desafío de la vida. Nos enseña además que no sabemos nada de los otros, que no podemos fiarnos de las máscaras, y que en el espejo todos somos muchachos aterrados que podríamos haber escrito esa misma declaración, aquello de "He aquí mi soledad".

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