Eduardo Florido

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Los suelos que perdimos

Permítase la paráfrasis de Los cielos que perdimos, de Joaquín Romero Murube, para mirar un rato al suelo. La evolución urbanística, como toda evolución, tiene momentos traumáticos. El avance del hombre requiere tropezones para seguir andando. En Sevilla se ha avanzado en la mejoría de los pavimentos en determinadas calles. Pero la pavimentación sigue siendo un caballo de batalla de la urbanística hispalense.

Hace ahora 19 años, mi madre sufrió en sus carnes uno de esos tropezones de la evolución. Recién inaugurada la pavimentación del mercado de (la) Feria, el más antiguo de la ciudad, resbaló en la rampita pétrea, sin tracción alguna, que había entre Omnium Sanctorum y el mercado. Se rompió el peroné y la denuncia al Ayuntamiento quedó en el aire, como mi madre al caer en ese pasillo histórico, tan singular. Ahora la seguridad jurídica es más responsable ante las múltiples denuncias por caídas en la calle que sigue habiendo. Mirar a los cielos puede tener su precio.

En el reciente debate sobre el adoquín clásico de Gerena, polícromo y de irregular pulido, y el gris, plano y rectílineo de Quintana de la Serena habría que optar por la aurea mediocritas, el loado término medio. Lo que con éste se gana en comodidad y seguridad del viandante y en mejora de la accesibilidad, gracias a la extinción de esas barreras para carritos que son las antiguas aceras, se pierde en estética y, más aún, en respeto a la identidad y la historia de la ciudad.

En el artículo Al hilo de la remodelación de San Andrés, publicado en este diario el 29 de enero, el arquitecto Rafael Vioque señaló que "el espacio público evidencia de forma patente la evolución de la forma urbana y sus valores" y que "la pavimentación es un elemento de primen orden e ineludible".

En el mismo confronta la reciente reurbanización de la plaza de San Andrés, con un aparcamiento de motos pegado a la fachada de la iglesia y el uso abusivo de adoquines de Quintana de la Serena, con la ejemplar de la plaza Doña Teresa Enríquez en los años 80.

Perder para siempre el adoquín de Gerena, cuyas canteras de granito ya usaban los romanos y cuyos adoquines empezaron a usarse desde los tiempos de Olavide, sería traumático para la ciudad. En el entorno de San Marcos hay un buen ejemplo de la compatibilidad de pavimentos, de pasado y presente: nueva urbanización con adoquines de Quintana de la Serena, desde San Luis a Bustos Tavera y Socorro, frente a los grandes adoquines de Gerena de Vergara a Santa Isabel, respetándose la losa de Tarifa y el guijarro de la placita ante la iglesia parroquial.

En Doña Teresa Enríquez, la Loca del Sacramento, ya no se juega a la pelota como en los tiempos de la marea negra de Juan Fernández, pero tampoco hay coches ni motos aparcados al tuntún y es un precioso rincón del casco histórico. Evolución e historia sí pueden ir de la mano. Y yendo de la mano se evitan los tropezones. Que no haya una nueva marea gris, que se respeten suelos históricos de determinados enclaves, sería ese término medio ideal entre funcionalidad y estética.

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