La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El sueño de una manifestación

Soñé que los padres exigían una educación de mayor excelencia, basada en el esfuerzo, el cultivo de la memoria y la disciplina

Estudiantes en un aula. Estudiantes en un aula.

Estudiantes en un aula.

Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión, que los padres se manifestaban por una mejor educación. Estaban ante el despacho de Imbroda exigiendo mayor excelencia en la formación de sus hijos, una apuesta decidida por la cultura del esfuerzo, deberes a diario para inculcar a los menores el hábito de la disciplina, del estudio y de la paciencia; una lista de libros para ser leídos por las tardes, los fines de semana y en las vacaciones, algunas excursiones para adquirir cultura y conocimientos locales, de su propia ciudad, antes de que sean mayores y viajen fuera. Se manifestaban con cierta vehemencia, sabedores de que las oposiciones sólo se ganan el día de mañana si se tiene espíritu de sacrificio, raza y fortaleza para soportar las horas de codos hincados y las adversidades de la vida. Exigían una formación en valores e idiomas, conscientes de que las empresas no mirarán tanto los titulitos y las estancias en Irlanda, como el verdadero control del inglés, las habilidades personales y, al menos, tener una imagen adecuada. Había una pancarta que protestaba por el exceso de horas de ocio de los niños, reclamaban al colegio una educación en el uso racional de las pantallas para no criar bobos. Un tío con un tambor pedía que se ejercitara el músculo de la memoria; otro subido a unos zancos, que hubiera clases de refuerzo por las tardes para los que se atragantan con la trigonometría y las ecuaciones. Los eslóganes eran coreados con voces tronantes, ensordecedoras por momentos. "¡Por una educación pública de verdadera excelencia!". "¡Deberes, sí!". "¡Profesores bien formados y que exijan a los alumnos!". Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión, que un alumno llegaba a casa, se quejaba de que el profesor le tenía manía y sus padres se ponían, de entrada, del lado del docente para no desautorizarlo. Acudían al centro, se informaban de los hechos, prometían estar encima del retoño para que se aplicara más en las tareas y, al final, daban las gracias al profesor por haber sido recibidos y avisados. "El beneficiado es nuestro hijo". Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión, que los papás se manifestaban a favor de las humanidades, en contra del orillamiento de las lenguas clásicas, fundamentales para el desarrollo del cerebro, el estímulo de la inteligencia y la forja de un espíritu crítico que no críe adocenados, sino seres cultos y, por lo tanto, libres de las influencias de una sociedad consumista. Anoche cuando dormía me desperté de pronto... Los padres sólo quieren menos deberes, les importa un bledo el latín, menos la memoria y un pepino la autoridad del docente. Alguno repetía la teoría de la ratio como un papagayo y sólo sabía exigir dinero y más dinero. La buena educación nunca ha tenido que ver con el dinero, sino con el esfuerzo de profesores y alumnos.

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