¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Un tahúr en la Academia

Bellas Artes hace a Gonzalo García Pelayo académico correspondiente. Eso que gana esta institución

Fue Gonzalo García Pelayo quien nos explicó en qué consiste la suerte: "Es la desviación de la expectativa. Si tú esperas que tu equipo gane 2-0 y lo hace 3-0 has tenido suerte. Pero si gana sólo por 1-0 has tenido algo de mala suerte". La definición no hay que echarla en saco roto, porque viene de uno de los tahúres más importantes que ha tenido España, un héroe posmoderno que desbancó casinos y se convirtió en el entrenador y profesor del campeón mundial de póker Juan Carlos Mortensen, un auténtico killer de los verdes tapetes. Pero antes de convertirse en un profesional del azar, García Pelayo se dedicó a otros quehaceres: fundó el primer club underground de Sevilla, el Dom Gonzalo (así, con esa m final que viene de Domine Gonzalo de Berceo); se inventó el Rock Andaluz; se forró produciendo discos de Pablo Milanés, Lole y Manuel, Hilario Camacho o Labordeta; perdió dinero dirigiendo películas que hoy son de culto para los más avanzados del séptimo vicio (Manuela y, sobre todo, Vivir en Sevilla); la lió en Canal Sur... Como tantos, se marchó a Madrid para hacer la capital y sólo se supo de él en Sevilla tres décadas después, cuando gentes de fiar como Pedro G. Romero, Manuel J. Lombardo, Alfonso Crespo, Paco Algarín o Álvaro Arroba lo reivindicaron como un gurú del cine más rabiosamente moderno de la Transición. Comenzó entonces una segunda vida cinematográfica, con películas que han recibido palmas y pitos, y que culminó el pasado Festival de Cine con la presentación de Nueve Sevillas. Cuando la estaba rodando lo entrevistamos para este periódico. Antes, pudimos asistir al rodaje de una escena en la más completa oscuridad del Teatro Central y en la que Inés Bacán, una gitanaza con voz de maremoto, nos dejó a todos como flotando en no sabemos bien qué realidad paralela.

Si hoy hablamos de García Pelayo es porque la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría lo ha hecho académico correspondiente en Madrid. Ha sido a petición de Antonio Cruz, el 50% de los Monchis, amigo del cineasta desde sus tiempos de colegiales en Portaceli. Eso que gana la institución sita en la Casa de los Pinelo. Fue Cruz quien diseñó el local del Dom Gonzalo, en Los Remedios, con paredes de ladrillo visto y las fotos de Hemmingway y el Che (cosas de la época), pese a ser uno de los lugares favoritos de los militares yanquis de Morón o San Pablo; el bar de Sevilla donde se pudo escuchar por primera vez en público los discos de Pink Floyd y Jimi Hendrix, que García Pelayo traía de París. También la música en directo de los Smash o Gong. Hoy, cincuenta años después, es difícil encontrar en la ciudad un garito tan moderno. La segunda y última vez que vimos a García Pelayo fue hace unos meses, en el bar La Viña de la calle Feria. Nos invitó a unas copas de manzanilla y croquetas de cola de toro. Pagó en bitcoins. Un fenómeno.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios