La tribuna

francisco J. Ferraro

El temor a la deflación se intensifica en la Eurozona

HACE un año se empezaron a detectar los riesgos de deflación en la zona euro, pero los signos de recuperación en el final de 2013 y primer trimestre de este año disiparon la preocupación. Sin embargo, el estancamiento de la Eurozona en el segundo trimestre y la aproximación a cero de la inflación han encendido las alarmas de una posible tercera recesión en cinco años, con el agravante de la deflación. La deflación es el descenso de los precios de una economía provocado por un exceso de oferta o a una insuficiente demanda. Sus consecuencias son muy peligrosas por la posibilidad de generar un estancamiento duradero, como ocurrió con la Gran Depresión o, más recientemente, en Japón, pues la disminución de los precios incide negativamente en los resultados empresariales, por lo que las empresas tenderán a reducir plantillas e inversión, aumentará el paro y, por tanto, el consumo; y provocará una espiral muy peligrosa, ya que la previsión de que los precios seguirán bajando en el futuro limitará el consumo y las inversiones en el presente. Además, mientras bajan los precios, el valor relativo de la deuda y de los intereses aumentan, lo que genera problemas añadidos para un país endeudado.

Por ello, la combinación de la tendencia al estancamiento y una inflación del 0,3% en agosto han encendido las alarmas, pues una vez que se cae en deflación es difícil salir de ella. Fue Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), quien en la reunión de banqueros centrales de Jackson Hole a mediados de agosto alertó de la "débil, frágil y desigual" recuperación europea, a la que se suman los riesgos geopolíticos, para lo que planteó que las distintas instituciones con responsabilidad político económica en Europa (Comisión Europea, gobiernos nacionales y BCE) actúen con el mismo objetivo (estimular la recuperación y evitar la deflación) y con los instrumentos que disponen: política fiscal, reformas estructurales y política monetaria. El Consejo y la Comisión europeas, sin embargo, siguen actuando con su habitual parsimonia y, mientras le dedican dos meses a definir la distribución de comisarios y otros cargos, anuncian una cumbre para la recuperación y el empleo para octubre, aunque teniendo en cuenta los precedentes no genera mucho entusiasmo.

Esta semana se han intensificado las manifestaciones de preocupación por las perspectivas. El miércoles el director de Empleo de la OCDE alertó del riesgo de deflación y estancamiento, poniendo el acento en la conveniencia de aumentar los salarios después de que en los últimos cinco años se hayan estancado en la zona euro y algunos países hayan sufrido un descenso continuado desde 2009 (entre ellos España). El aumento de los salarios, además de mejorar la renta de los perceptores, generaría una capacidad de demanda adicional que contribuiría a la recuperación y a alejar el fantasma deflacionario, pero los ajustes de salarios han sido fundamentales en países como España (donde habían aumentado notable y diferencialmente desde la entrada en el euro hasta 2009) para recuperar capacidad competitiva y aumentar las exportaciones.

El temor a los riesgos deflacionarios ha tenido su expresión más significativa en las decisiones adoptadas por el Banco Central Europeo en su reunión del pasado jueves: bajada de tipo de interés histórica al 0,05%, aumento al 0,20% del interés que cobran a los bancos por el dinero que tienen depositado en el BCE al objeto de reactivar el crédito y, la medida sin duda más importante, el anuncio de un programa de compra de deuda que afectaría a diversos activos financieros y que podría alcanzar los 500.000 millones de euros. La sorpresiva iniciativa del BCE parece poner de manifiesto la preocupación de Mario Draghi por el deterioro de la situación, pues no ha esperado a que otras instituciones europeas muevan ficha en el programa conjunto que propuso el mes anterior, porque ha aprobado el paquete de medidas a pesar de no contar con la unanimidad de los consejeros del BCE, y a sabiendas de las reticencias de Alemania que, como país más potente y con una posición fiscal más confortable, le tocaría ser el principal responsable en la adopción de políticas expansivas, pero que sigue manteniendo el pulso con la prioridad de que países que no han hecho las reformas a tiempo, como Francia e Italia, las aborden.

Desde España se debe contribuir al programa propuesto por Draghi con aumentos salariales vinculados a la productividad, y haciendo compatible una política fiscal de estímulo (reduciendo impuestos) con la consolidación fiscal (reduciendo gasto público no esencial). Peo lo más importante es perseverar en las reformas económicas por el lado de la oferta para propiciar un mejor funcionamiento de los mercados y un nuevo modelo productivo.

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